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Clásicos de Copa: historias, anécdotas y partidos memorables

Nacional, Peñarol, Cataldi, el “Pulpa”, Spencer, Juan Martín Mujica, el “Tito” Goncalvez…protagonistas de inolvidables batallas clásicas entre dos equipos que eran de los más grandes de América y del mundo.

Por La Copa Sudamericana cruza a Peñarol y Nacional en octavos de final, bastante lejos de la definición por el título, pero demasiado cerca de la tragedia y la gloria (futbolísticamente hablando, claro está), porque quien gane esta llave tocará el cielo con las manos y quien pierda sentirá que arde en el peor de los infiernos.

Es que, en estos tiempos en los que levantar una copa asoma como algo casi imposible, a lo máximo que pueden aspirar los dos grandes del fútbol uruguayo es a un triunfo de estas características: eliminar al tradicional rival en una llave mano a mano por una copa.

Décadas atrás, un cruce en estas instancias era algo de todos los años, entonces, siempre habría revancha poco tiempo después.

En los años sesenta y parte de los setenta Nacional y Peñarol se toparon mil veces en la Libertadores, y en varias ocasiones el que se imponía en las luchas clásicas era el que terminaría definiendo el título.

Los primeros clásicos de copa

A la Libertadores de 1962 Peñarol ingresó directamente en semifinales, como campeón vigente. Tras una propuesta de Cataldi ante la Confederación se decidió que a partir de ese año el campeón reinante ingrese en la fase previa a la final, lo que posibilitó que clasificara un segundo equipo del país campeón, en este caso de Uruguay (Nacional), con la condición que si ese equipo llegaba a semifinales debía enfrentar al campeón para evitar una final entre coterráneos.

Con esa idea, Cataldi propiciaba los primeros clásicos por la Copa, que se harían costumbre a partir de 1966, también por obra y gracia del mismo visionario dirigente, que propondrá la participación de los campeones y vice campeones de cada país.

En esa Copa del ’62, los tricolores harían bien sus deberes ganando el grupo de 1ª fase ante Racing y Cristal de Perú, para toparse en semifinales con el monarca de América.

Ya la primera definición entre Nacional y Peñarol resultaría apretadísima y apasionante. En semifinales de 1962 el tricolor ganó 2-1 el juego de ida y perdió 3-1 la revancha, por lo que debieron disputar un desempate que concluyó con igualdad 1-1, inalterable incluso tras un alargue. Por mejor diferencia de goles fue Peñarol quien avanzó a las finales, que perdería ante el Santos.

Cataldi: sus geniales ideas y su falsa condición de “inventor” de la Copa

Erróneamente se ha señalado históricamente a Cataldi como el ideólogo de la creación de la Copa Libertadores, algo que, no solamente es falso sino que es todo lo contrario: Uruguay, con Cataldi como delegado ante Conmebol (junto con Luis Troccoli), fue el único país que votó en contra de la creación de este torneo.

Sí sería del dirigente aurinegro la idea de incluir a los vice campeones de cada país.

El historiador Atilio Garrido narra que “A partir de la séptima edición se puso en marcha un cambio reglamentario que -éste sí- fue ideado por Washington Cataldi. Por cada país clasificaban el Campeón y el Vice. El delegado aurinegro Cataldi buscó con esta modificación reeditar anualmente los partidos clásicos uruguayos a nivel del torneo continental para agregar nuevas recaudaciones de importancia. Es necesario recordar que en aquel tiempo los dos clubes grandes del fútbol uruguayo se alternaban en el primer y segundo lugar de la tabla de posiciones de la Copa Uruguaya. Lejos en puntos, quedaban, siempre en tercer lugar, los chicos. En los hechos y de acuerdo a la realidad de nuestro fútbol de entonces, Uruguay se aseguraba la permanente presencia de Nacional y Peñarol, lo que ampliaba el negocio a raíz de las recaudaciones que se iban a generar al agregarse nuevos clásicos al calendario anual”. 

Por su parte, Cataldi explicó una vez: “Hemos sido precursores al empujar la Copa Libertadores, primero con los campeones, en 1960, y luego sumando los subcampeones, a partir de 1966. Se dijo por aquellos años que esto era una maniobra para asegurarnos permanentemente la presencia de los dos grandes uruguayos en el torneo, lo que de alguna manera era verdad, pero no era el único fundamento. Yo me encargué personalmente de recorrer toda Sudamérica para convencer a los dirigentes de que para mantener vivo el torneo había que jugar con 20 equipos en lugar de hacerlo con diez. El tiempo me dio la razón”.

La tarde del “Verdugo” Pedro Rocha

Luego del éxito aurinegro en los clásicos de semifinales de 1962, donde en una llave mano a mano eliminó a Nacional, en 1966 volvían a coincidir en esa instancia aunque esta vez en un triangular junto con la Católica de Chile.

En el primero de los clásicos ganó Peñarol 3-0 con triplete de Pedro Rocha. El primer tiempo se cerró sin goles pero apenas iniciado el segundo convirtió Rocha. Y a los 20’ otra vez Rocha, ahora de penal.

Cuando quedaban siete minutos para el final, el “Verdugo” no solo liquidaba el partido sino que se metía en la memoria de todos. Nadie olvidaría este gol. Recibió un pelotazo de Forlán, esquivó a varios rivales, amagó un pase para un compañero, eludió al sorprendido arquero Paz y entró al arco con pelota y todo paseándola por toda la red para devolverla al mediocampo con un fuerte pelotazo.

Una obra de arte. Un gol de antología. Y un récord para muy pocos. Desde 1950 ningún futbolista aurinegro convertía tres goles en una jornada clásica. El último había sido el otro “Verdugo”, Juan Hohberg, en una victoria 3-1 por el Torneo Competencia. 

Pero Rocha no solo había hecho estos tres. Apenas veinte días atrás le había convertido otros dos a Nacional, en el cierre de la 1ª fase cuando se repitió el mismo resultado de 3-0.

¡En veinte días le hizo cinco goles a Nacional!

Cataldi, el ideólogo de incluir en la Libertadores a los vice campeones de cada país, sentiría una doble satisfacción en la tarde del sábado 23 de abril de 1966. Los dos grandes del fútbol uruguayo jugaban ese día el cuarto clásico por la Copa en menos de tres meses, llegando así a cuatro fabulosas recaudaciones, y para completar la alegría de Cataldi, Peñarol se clasificaba a las finales.

Así estaba la tabla en lo previo: Peñarol 4 puntos; Católica 4; Nacional 2.

En una tarde de sábado gris y nublado, con amenaza de lluvia, Peñarol ganó 1-0 con un gol polémico de Julio César Cortés, que ingresó por la derecha a buscar un pase que lo dejó sólo, sin defensas que se opusieran, hasta llegar a enfrentar la salida del arquero Sosa a quién venció con tiro rastrero. “¡Todos vieron el offside!”, protestaban en el vestuario de Nacional. 

Décadas después, el Tito Gonçalves rememorando aquellos inolvidables clásicos de los años sesenta, dejaba una frase que cabe perfectamente para este triunfo de semifinales de la Copa 1966 que generó tantas protestas en el otro bando: “Es bravo perder. Eso sí, nunca justifiqué una derrota. El derrotado es derrotado y chau”.

Algo así como “a llorar al cuartito”.

El capitán aurinegro se explayaba sobre la situación que se planteaba en esa década: “en aquellas épocas, los cuadros que gobernaron el fútbol en la era profesional competían en la compra de los mejores jugadores. Trataban de tener jugadores ganadores, que no sintieran la presión de un estadio lleno. En los clásicos se definían los campeonatos, pues esos partidos se jugaban en la penúltima fecha, e íbamos parejos en la tabla, mientras los demás equipos venían lejos. Creo que por el Uruguayo jugué 26 clásicos y perdí 3. Hubo algunos empates. En ciertas ocasiones se convertían en verdaderas batallas campales donde cada uno defendía a su equipo con lealtad. No había agresiones o deslealtades, era de frente. Incluso, con algún rival hasta tengo cierto amistad. El clásico es muy importante en la vida de un deportista. Perder un clásico es una pequeña gran derrota. Es triste después tener que salir a la calle y enfrentarse a la gente. Hay que jugar a las escondidas para que nadie te vea. Para escaparle al vecino o a los curiosos”.

La revancha de Nacional

En la Libertadores 1967 volvían a encontrarse tricolores y aurinegros en uno de los triangulares de semifinales, junto con Cruzeiro. El último juego de este grupo era entre los dos uruguayos y allí se definía el pasaje a la final. Empatando o ganando clasificaba Nacional, en cambio Peñarol necesitaba un triunfo para igualar el puntaje albo y forzar un partido desempate. Ese parecía ser el destino pues ganaba el aurinegro 2-1 y el tricolor jugaba con diez hombres, cuando a pocos minutos del final se produjo una situación insólita que quedaría marcada como una de las anécdotas más jugosas de la historia de los clásicos: el paraguayo Lezcano, zaguero de Peñarol, se sentó sobre la pelota “sobrando” a sus rivales, como señal de superioridad. Esto mismo ya lo había hecho el también aurinegro “Carajito” Vázquez en un clásico de 1944, cuando ganaba 2-0 Peñarol y el árbitro ya estaba por pitar el final. Pero el chiste de Lezcano terminaría con sonrisas rivales, ya que en el último minuto cayó el empate tricolor con cabezazo del brasileño Celio y el que pasó a las finales fue Nacional.

Era la primera vez que el tricolor eliminaba a Peñarol, vengando las derrotas de 1962 y 66.

Otra vez el Tricolor

En 1969 otra vez uno en semifinales se enfrentaran los dos grandes, pero esta vez sin terceros, es decir, era una llave de dos, mano a mano.

Nacional ganó 2-0 (goles de Maneiro y Mujica), perdió 1-0 (gol de Spencer), y fueron a un desempate que concluyó 0-0 con alargue incluido, resultado que clasificaba a Nacional por mejor diferencia de goles.

Otra vez dejaba a su eterno rival fuera de la Copa, como lo había hecho en 1967.

En 1971, de nuevo Nacional

En la Libertadores de 1971 hubo clásicos por fase de grupos, pero igualmente decisivos como los reseñados anteriormente. Es que solo clasificaba el ganador del grupo.

En el primer duelo, hasta los 85 ganaba Peñarol con gol de Castronovo.

Quedaban cuatro minutos y Peñarol estaba sacando dos puntos de ventaja que pesaban demasiado para definir la clasificación, hasta que apareció Artime, primero convirtiendo el empate y en el minuto 90 provocando un penal. Juan Martín Mujica acomodó la pelota en el disco blanco y el arquero Walter Corbo intentaba adivinar hacia dónde iría esa pelota. “El partido está terminado… no hay rebote” avisó el árbitro. Es que ya estábamos en el minuto 93.

“Yo me quedaba muchas horas después de cada entrenamiento practicando penales” cuenta Mujica. “Además, tuve la suerte de patearle penales en los entrenamientos a tremendos goleros y era difícil convertirles. En Rampla tenía a Larrea, a un brasileño grandísimo que habían traído; en Nacional, a Roberto Sosa y Manga, que con Morales nos pasábamos horas pateándole penales; a Mazurkiewicz en la selección. Entonces, tanta práctica en algún momento te da resultado. Además, cuando el árbitro cobraba un penal, mientras iba llegando para patearlo ya sabía dónde tirarlo y me afirmaba. He escuchado que hay quien dice que Mujica nunca erró penales. No es así, erré penales, pero nunca en partidos decisivos”.

Y en este clásico decisivo no lo erró. Con ese agónico y celebrado gol, Nacional ganó 2-1 y sacó una ventaja en la tabla que terminaría resultando decisiva.

Luego el Pulpa dijo “¡así me gusta ganarle a Peñarol, de penal y en la hora, nada de 4 a 0. No, en los descuentos. Y si es posible, con uno de orsai, como decía el Manco (Castro) ¡así se van calientes!”.

Asimismo, en este partido se iniciaría la racha invicta más extensa en la historia de los clásicos: entre este 2 de marzo de 1971 y el 31 de enero de 1974, Nacional completaría 16 duelos sin derrotas ante Peñarol en los que sumó 7 victorias y 9 empates.

El 30 de marzo volvían a enfrentarse, ya en el último partido del grupo. Nacional, dos puntos arriba en la tabla, pasaba a semifinales ganando o empatando. Peñarol estaba obligado a un triunfo para forzar un partido desempate.

Un gol del Cacho Blanco y otro de Maneiro sentenciaron la clasificación de los albos a semifinales. Al igual que en 1967 y 69, otra vez Nacional dejaba fuera de la Copa a Peñarol, pero ya nadie se conformaba con eso. Había que ganar la Libertadores para que esas victorias clásicas adquirieran otro valor.

Y esta vez sí se ganó.

Décadas de ostracismo

Los de 1971 no serían los últimos clásicos de copa, pero sí serían los últimos en los cuales el vencedor de esos duelos terminaría definiendo el título.

Peñarol y Nacional volvieron a coincidir en triangular de semifinales de 1972, pero el que clasificó a la final fue Universitario de Perú.

Luego se enfrentaron en fase de grupos de 1973, 1974, 1976 y 1979. En tres de esos casos el que clasificó fue Peñarol pero quedó eliminado luego en semifinales.

En 1981 se dio algo similar a lo de 1972, porque del triangular de semifinales el clasificado fue Cobreloa.

En cambio, en 1983 los dos clásicos de semifinales definirían al finalista, porque el otro equipo era el San Cristóbal de Venezuela.

Nacional había armado “el equipo de las estrellas” para ese año, intentando ganar la Copa que había logrado Peñarol en 1982. Pero en estas semifinales el aurinegro le ganó los dos clásicos y pasó a la final ante Gremio, en la que perdió el título.

Luego, los duelos clásicos fueron muy pocos y lejanos de etapas de definición. Jugaron por Supercopa en 1ª fase de 1992 y en fase previa de 1997. Por Libertadores en fase de grupos 1997 y 1998, clasificando los dos. Y finalmente en fase de grupos de Copa Mercosur 1999, en la que sólo el 1° de la serie pasaba a cuartos de final y ese fue Peñarol. Llegaron a la última fecha con el tricolor un punto arriba en la tabla, por lo que el empate le daba la clasificación. Pero el Peñarol de Ribas ganó 2-1 y se metió en la siguiente fase.

Fueron esos los últimos clásicos por copas.

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