Mis Archivos del Exilio Nº 42

El beso del murguista

Como todos los afectos, sobre todo los que hacen a nuestra identidad, nos acompañaron a lo largo del exilio. Son inherentes al mismo. Sin eso, no se aguantaría. Y se aguantó. De regreso nos reencontramos con el año a año.

Nadie nos hubiera dicho en el Carnaval del 20, que al año siguiente no pisaríamos un tablado. Debe ser deliberado que no me acuerdo qué murga fue en ese carnaval. Salió por el medio del Velódromo. Cuando pasa a mi lado, un murguista me da un beso y me deja la cara pintada como por un profesional. Me llenó el alma de murga.

Yo era muy niño cuando me picó el bichito de Momo. En una pequeña TV en blanco y negro vi a los Asaltantes con Patente y su vieja despedida “Como en años más gloriosos…” Vi por primera vez a Pepino, de frac y championes dirigiendo los Patos Cabreros. Nunca había visto una murga. Me puse a bailar frente al televisor.

Desde entonces, Tatina, mi abuela materna, me llevaba todos los Carnavales, casi todas las noches a un tablado. A veces a uno de barrio que concursara. Otras al Jardín de la Mutual. Las más de las veces al Jardín de las Comparsas, donde “Ibarra, barría con los precios altos…” A voluntad comprábamos “el repertorio completo de la murga” con una BIC de regalo.

Sin embargo, nunca he podido decir que me gusta más el coro indescifrable de entonces que el de hoy. Ni la vestimenta precaria con la sofisticada de hoy. O solo el bombo, platillo y redoblante, con la introducción de baterías, guitarras, etc. Son otros tiempos, otras murgas. El Momo Oriental está ahí en unas y otras.

Aquellos recuerdos de niño me llevaron a vivir con intensidad algunos momentos del exilio. Soy muy patadura, pero siento la murga y los brazos comienzan a moverse explicativos y quiero subir a un tablado. Y así con nostalgia, siempre estuvo la murga en el exilio. 

Además nos dábamos cuenta del espacio que ganaba la murga en el Canto Popular. Cada letra, por más metafórica y disimulada que fuera, para pasar la censura, nos daba fuerza. Nos juntábamos para cantarlas, las viejas y las nuevas letras que nos iban llegando.

Desde antes de la dictadura, a nuestros tiempos, la murga estuvo al frente de la lucha. Recuerdo cuando nos llegaron al exilio las estrofas de “A Redoblar”. Regaba esperanza. Otros exiliados o pueblos anfitriones no entendían ni jota… “a redoblar muchachos la esperanza”, (y el sonido del redoblante). “Porque el corazón no quiere entonar mas retiradas”. Yo la escuchaba y pensaba: “¿Cómo hicieron para sacarnos esas palabras de adentro del alma?”.  

El letrista no se había olvidado de nosotros, de la lucha dentro del país, de los presos. Sentíamos la letra (¿poesía?) murguera de Mauricio Ubal y Ruben Olivera. Las voces nos mostraban un “Rumbo”. Sentíamos que la alegría había vuelto a enredarse con nuestra voz. El corazón no quería “entonar más retiradas”.

Cuando llegamos a Buenos Aires para comenzar el operativo retorno, nos esperaba la murga. Disfruté como loco. Pero otros miembros de la familia tuvieron su show propio.

Se reunió allí la Comisión por el Reencuentro, donde mi hermana Silvia había jugado un papel clave dentro del país. Estaba también Víctor Vaillant y dirigentes de AEBU, como Juan Pedro Ciganda. Todos claves en el esfuerzo que logró la visita de los 154 niños, hijos de exiliados, en el 83. Hubo murga. Fueron homenajeados en un Teatro por la “Falta y Resto”. Yo no veía murga en vivo desde hacía diez años.

A mi viejo lo fue a visitar una murga que militó en las internas del 82, con el nombre de “Los Insuflados de Mamá”. Una idea de la inolvidable e incansable Consuelo Berenz, respondiendo con altura una ironía en contra de ACF. El viejo no aguantó y sin conocer las letras hizo igual de platillero. 

Después de mi regreso no me perdí ningún carnaval. Hasta que la pandemia cerró los tablados. Este año vuelve, pero además ya está…

No hace mucho, estuvo en casa Raúl “el Flaco” Castro. ¡Qué lujo! Escuché con pasión cómo desafiaban la censura. Y siempre ganaban. Contra eso no pudo servicio de inteligencia alguno. El murguista era más inteligente. Me contó que “La Falta” tenía un murguista que se me parecía. Después de mi regreso en el 84 tuve mucha exposición mediática. En el Carnaval del 85, mostraban a la gente cerca del tablado, a la que decían: “es Juan Raúl con la cara pintada”. Según él, generaba mucho aplauso.

La transición tuvo altibajos. ¡Cómo vivirlos sin la murga! Y llegó el día que siete partidos, incluyendo uno de corte netamente militar, se unen para frenar los cambios que durante 15 años conquistó el pueblo uruguayo. ¡Cómo olvidar a “Metele que son Pasteles” cantando “el día después”.

Ese cuplé, obra de mi amigo Fede Murro, hoy excelente dibujante, me resuena por dentro cuando asisto, pandemia mediante, a una movilización. O como “con todo y pesar de todo” juntamos las firmas contra la LUC. “Estuvimos a la altura”. Igual es bueno recordar que, aunque faltó ir a más, se avanzó en 15 años lo que en otros países llevó una generación entera.

Daremos pelea, acá nadie se asusta, ni oculta; listos y atentos a sus intentos, de que en los sueldos, no haya aumento. Si se le corta un derecho a la gente, vamos a salir a la calle calientes, las cosas que se lograron van a quedar para siempre”. Y en eso estamos.

La murga de mi niñez, la que recordaremos en el exilio, con la que me reencontré en democracia, ha ido cambiando algunas formas. Voces más trabajadas, coreografía más sofisticada, pero tiene el alma igualita. Y ha hecho carne de generación en generación. Esto lo sentí intensamente hace unos pocos días. 

En un templo metodista, hubo una jornada para recolectar alimentos para una olla popular. Actuó la murga de niños, casi adolescentes… “Los Pepinitos”. El director, no sé qué edad tendría, pero era una resurrección del “Pepino” que de niño vi en blanco y negro y luego año tras año veía con admiración desfilar por 18. El alma de Pepino 60 años después en los brincos rítmicos de un niño uruguayo. ¡Qué país formidable!

Y esa maravillosa metáfora, del “Flaco” Castro que cuenta el tarareo de dos o tres borrachos que se vuelve un coro incontenible de todos los barrios. Cuando la “Falta” canta “La Bajada” siento la maravillosa imagen de la acumulación de fuerzas. Empiezan dos o tres, se van sumando voces hasta ser una en todos los barrios. ¡Formidable!

Y el “dulce tararear” que llegó a sonar en “La Teja, en Belvedere, la Unión, la Plaza Independencia y el Cordón, Paso Molino, el Cerro y Peñarol, en Malvín y hasta en Colón…” nos recuerda que no podemos caer en el pecado pandémico de olvidar el contacto cara a cara con la gente. Sentir la fuerza del Laralaira.

A veces pienso que “el delirante que asegura que oyó en el silencio de la madrugada, cómo se iba fugaz esa bajada…porque Momo la entonó”, también fui yo.

1 Comentario

  1. Es increíble como el carnaval lucho también contra la dictadura dando con inteligencia un mensaje de lucha y esperanza al pueblo tan reprimido en esos años por aquellos tiranos corruptos

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