Mis Archivos del Exilio - 26

El segundo Exilio

Aterrizar en EEUU

Al empezar el 75 nadie me hubiera dicho que en menos de un año iba a estar preso, escapado luego a Argentina, haciendo el primer viaje de «diplomacia en el exilio» con mi viejo y terminar exiliado en Argentina. Mucho menos idea tenía de lo que depararía el 76.

Comencé el año dudando si no volvería en poco tiempo al Uruguay. El 17 de mayo, Zelmar me convence de que no vuelva, esa misma noche, lo secuestraron con el Toba (como ya fue narrado). Luego de despedirlos ni llegué a pestañear, cuando me vi asilado en la Embajada de Austria en Buenos Aires.

Salimos hacia Europa y vivimos algo más de un mes en un bolso de mano. De allí a EEUU, para que el viejo declarara ante el Congreso. Llegamos a Washington, de paso. La idea era que el viejo expusiera en el Congreso y luego pensar en dónde vivir.

Mis padres eligieron Londres. Yo no sabía. Fuimos a Nueva York para tomar el avión. Terminaba junio de un año trágico. En el aeropuerto con la tarjeta de embarque en mano, les digo: «Creo que yo me quedo». Me salió así. No lo había pensado mucho. Recuerdo la cara de dolor de mamá. Papá me conocía y sabía todo lo que pasaba por la cabeza. Quizás, también influía labrar mi propio camino.

En Washington si valía, iba a ser por mi propio esfuerzo. Quien no tuvo que enfrentar decisiones de este tipo, jamás entenderá, que no siempre se actúa en función de carguitos, cosa que hacen y acusan a los demás de hacer. Pobres. No entienden nada. La declaración de Wilson en el Capitolio, si no tenía un seguimiento, moría como una denuncia más. Con el debido y coordinado lobby podía lograr un corte de la ayuda militar al Uruguay. Cuando habíamos estado en el 75, al regresar el viejo había dicho: «habría que tener una presencia permanente en Washington».

Y ahora había llegado el momento. Las preguntas de mamá eran sensatas: ¿De qué vas a vivir? ¿Dónde vas a dormir esta noche? ¿A quién conocés para que ayude? Si las hubiera digerido, me embarcaba con ellos. Papá me dio US$ 40 (que devolví exactamente un año más tarde -19 de agosto del 77-) y me dio un sobre: «Esto lo tengo para darte desde que llegamos a Londres, no encontraba el momento apropiado».

Disimulamos la emoción, abrazo, beso y salir con una muda de ropa en el bolso. A la una de la mañana me tomé un ómnibus para Washington. Ya en ruta abrí el sobre. Contenía una foto (había sido publicada en la primera página del diario Ahora, tras la masacre de los militantes comunistas de la 20ª. sección del 17 de abril del 72). Ni sabía que papá la tenía en foto, que había obtenido del diario. Tenía una dedicatoria: «No hay camino difícil con un buen compañero, un abrazo de tu padre, Londres junio de 1976».

La había firmado, el 15 de ese mes, cuando salíamos de la capital británica hacia EEUU, sin que yo supiera que la llevaba consigo. Desde ese momento nunca me separé de ella.

Llegué a Washington. Fui a lo de una uruguaya encantadora. Tenías ya sus añitos y era del «Salto», como solía decir. Laborda de apellido, se hacía llamar Nilza Del Salto. Hizo todo para que no me diera cuenta que me faltaba hogar, me tendió una cama en un sofá por unos días. Era, de todos modos, algo provisorio, para salir del paso.

Recién llegado, el día de la Patria, el mismísimo 25 de agosto visité a Larry Burns, un prestigioso profesor de Columbia University, en Nueva York. Había fundado el Consejo de Asuntos Hemisféricos (COHA por su sigla en inglés). Ese mismo día había alquilado su «sucursal» en Washington en 1735 de la Avenida New Hampshire. Fue muy franco. No tenía fondos para contratarme, pero necesitaba alguien que atendiera medio tiempo su nueva oficina. Era un edifico antiguo por fuera y viejo por dentro.

Desde allí podía lanzar el «Proyecto de Información sobre Uruguay» (UIP) y quedarme a dormir en las oficinas, juntando un par de sillones en algún escritorio. Sentía que había heredado una mansión. Como veremos más adelante, Orlando Letelier, exembajador en Washington de Allende, dirigía el Instituto de Estudios Políticos (IPS: sigla en inglés). Juan Gabriel Valdés (con quien hace pocos días compartí un conversatorio por Haití) me recomienda ante él un 18 de setiembre, fecha nacional chilena.

Letelier la conmemoraba siempre como contrafestejo de la Embajada de Pinochet. Ahí mismo me aceptó para una pasantía. Comencé el 20. El 21 lo mataron en pleno Washington. La muerte de Letelier fue para mí desgarradora. Era uno de los primeros en ayudarme. Ya lo había hecho en el 75 cuando viajamos con papá, antes de los atentados de mayo del 76. Nos ayudó a armar la agenda de la visita a Washington. Luego me toma, y lo matan.

A él y su secretaria Ronnie Moffit, que trabajaba conmigo. Pena, tristeza y miedo. Luchaba, por primera vez, contra la desesperación. Por suerte ganó la esperanza. Pero haber buscado refugio en la Capital del Imperio y que allí mismo llegaran las largas alas del Plan Cóndor… (Saul Ladndau, cineasta que trabajaba en el Instituto de Letelier, hizo una película: «El Largo Brazo de la DINA») Parecía que no hubiera rincón del planeta donde pudiera vivir en paz.

Así fue que vino, literalmente a mi rescate, mi amigo de la vida Joe Eldridge, director de la Washington on Latin America (WOLA). Me podía ofrecer solo un escritorio. Trabajaban allí con el codirector Bill Brown. Muy poquito después Kay Stubbs. Luego Jo Marie, Heather Foote y Liza Valenzuela. De noche, me quedaba en las viejas oficinas del BID donde trabajaba como sereno uniformado.

Ese primer grupo hizo se reunió para manejar el vertiginoso crecimiento de la oficina. Hoy veo en lo que se ha trasformado, y no doy crédito a que fuera la misma ONG que comenzamos hace 45 años. Allí encontré mi fogón. Hice nido. Conservo intacto el afecto que se ganaron mis amigos y amigas de entonces. Poco después el Padre Miguel Descoto (luego Canciller de Nicaragua) logra que su congregación religiosa hiciera una contribución permanente para financiar mi trabajo. Era un respaldo que me daba tranquilidad.

Pude alquilar un monoambiente en 922 de la calle 24 (apto. 607). Así poco a poco fui echando mis provisorias raíces. Los padres de Eldridge vivían en Knoxville, Tennessee. Allí pasé mis primera Fiestas, lejos de mis padres. Su padre, Pastor Metodista, me regaló para Navidad el pago de mis estudios. Mi Profesora y tutora Cynthia Mc Clintock, de la Universidad George Washington, luego de mi regreso a Uruguay se vinculó a la directiva de WOLA.

Las vueltas de la vida. En Washington, pues, trabajé para el corte de la ayuda militar al Uruguay, organicé un lobby permanente de aislamiento de la dictadura. Allí estudié, de allí me fui, pero algo de todos ellos traje conmigo y algo de mí quedó para siempre allí.

Lo cierto es que pude despedir con ganas el terrible año 76 y recibir el 77 con mucha fuerza, ganas y optimismo.

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