Archivos de mi Exilio Nº 36

El sótano en Harlem

La mayor parte del exilio fue en Washington. Por lo menos allí estaban mi pequeño departamento, mi hogar, mis amigos. Allí trabajé en la Oficina de Washington para América Latina (WOLA). Antes en el Consejo de Asuntos Hemisféricos (COHA), en algún momento me cedieron una oficina en el sindicato de Trabajadores de la Industria Automotora (UAW sola en inglés, la Asociación Latinoamericana de DDHH (ALDHU)… Pero era mi hogar transitorio. Tras una huida traumática de Buenos Aires, allí había hecho nido.

Pero hubo un paréntesis

En el año 79 existía la posibilidad de sacar una resolución sobre Uruguay en la Asamblea General de la ONU. Me presenté a un concurso en la Liga Internacional de Derechos Humanos, en Nueva York (sede de la ONU) y con estatus consultivo con la misma. Ideal.

Dejé todo en Washington, y me fui a NY. Sabía y no había dicho a nadie, que me esperaban algunos problemas con los que lidiar. El trabajo empezaba en noviembre y yo fui, con tiempo para hacer lobby sobre Uruguay. Llegué a fines de febrero. Pero hasta noviembre no podría ocupar el cargo obtenido. Sí me acreditarían ante la ONU con Status Consultivo. Pero hasta noviembre (renuncié antes), no cobraría sueldo.

No tenía de qué vivir. No dije nada a mis amigos y menos a mis padres y me fui.

Tenía que tener al menos un techo y algo para parar la olla. Entonces dos curas obreros (Hermanitos de Foucault), además exiliados argentinos, Rogelio y Héctor, me dieron cobijo. Cuando llegué, lo que iba a ser mi nueva casa, en pleno Barrio de Harlem (en los 70 realmente peligroso), parecía un lugar surrealista.

Héctor y Rogelio habían conseguido una “especie” de lugar donde vivir. Era el sótano de un viejo edificio de Harlem. No tenía paredes, los gruesos caños del agua corriente y la sanitaria hacían de separación de los ambientes. En un espacio generado por esos poderosos caños, me habían preparado con mucho cariño un espacio, en donde cocinaban, arreglado con una cama. Los caños estaban pintados por dentro, habían puesto mucho empeño para recibirme.

Yo debo confesar que ahora me suena quijotesco, pero que en aquel momento me gustó mucho mi nuevo rincón con sabor a hogar. De día merodeaba por el “Lounge de los delegados” de la ONU con aspecto diplomático. Juntaba firmas para la resolución por la “Libertad de todos los Presos Políticos en Uruguay.” De noche llegaba al sótano de Harlem. A veces a comer, a veces a cocinar, porque para todo, aún la limpieza, había turnos.

Los Hermanos Rogelio y Héctor trabajaban en una empresa de demolición. Yo les tomaba el pelo. “Como curas… no parecen, y como obreros… en vez de construir, destruyen”. Una broma, nada más. Cuando terminaban sus horas de trabajo iban a las zonas más deprimidas de aquel Harlem a construir viviendas para la gente más vulnerable. Todo eso a 75 cuadras de “Times Square,” la esquina emblemáticamente más lujosa del mundo.

Yo estaba muy bien. Los “hermanitos” eran piolas, buena gente, con muchas vivencias ricas que compartían. Yo debo confesar que antes de haberles conocido, unos meses antes en Washington, no tenía ni idea que existían curas así, ni siquiera de la existencia de la congregación. Convivir con ellos unos meses es otra cosa que debo agradecerle a la vida. Los fines de semana les acompañaba en su trabajo social.

Ahora, que las condiciones objetivas no eran las óptimas debería de darme cuenta, ya que a mis viejos… ni palabra. Les decía que ya había empezado a trabajar con (mi futura jefa, que nunca llegó a serlo) Maureen Berman. El tema era tirar hasta noviembre y luego el 15 de diciembre terminaría la AG de ONU y ya podría regresar a Washington.

Es más, este relato no integró el inventario de los recuerdos que compartía. En realidad me daba cosa, sonaba a demasiado épico para ser cierto. Un hecho triste, pero sobre todo profundamente emotivo, lo trajo a la historia compartible: la muerte de mi madre el 5 de diciembre del 2016.

La habían internado unos días antes. Curiosamente, cuando mis hijos llegan a verla la misma tarde que ingresó a Impasa, les entregó una carta: “para que la abran cuando yo ya no esté”. Luego me contó que la había escrito esperando la ambulancia. Hace poco los chicos me regalaron una copia, que cada vez que la tomo me hace temblar la pera.

Allí cuenta cómo se enteraron de cómo vivía y qué hicieron. Yo solo recordaba que un día se apareció en Nueva York sin previo aviso, y bueno, le armamos una camita y se quedó con nosotros en Harlem.

En la carta (foto adjunta) les dice que se enteran por un llamado de un amigo mío en Washington, que veía con preocupación mi precaria (aunque pasajera) situación. Escribe mamá:

“Gracias a Patrick Buckley nos enteramos que vivía muy pobremente en Nueva York, en un sótano que hervía de calor, junto a unos curas que le habían puesto una cama en la cocina. El abuelo Wilson me mandó a que fuera a tratar de convencerlo que volviera a Washington, donde tantos amigos tenía. Cuando Wilson me despidió me dijo `Si logras lo que te pedí será lo más importante que habrás hecho hasta ahora en tu vida”.

En la carta que entrega mi vieja a mis hijos en el Sanatorio, les dice: “El libro `Con la Patria en la Valija´ les enseñará la vida que tuvo. Pasó momentos muy duros y otros muy lindos, siempre enfrentó con coraje y entusiasmo lo que le pasaba”.

Más de una vez he dicho, que con el paso de los años, he revalorizado los años de tanta intensidad donde la tragedia se daba la mano con la solidaridad y la lucha. Y si alguna vez de muchacho sentí que me habían robado la juventud, poco a poco me fui dando cuenta lo agradecido que tenía que ser a la vida por todo lo que había atravesado. Nada devolverá la vida a los amigos asesinados. Pero sin ese dolor, nunca hubiera aprendido a valorar lo importante que es estar al lado del que sufre.

¡Cuántas experiencias vinieron de la mano de los momentos tristes! ¡Cuántos recuerdos me permiten llegar a medio veterano con la sensación de una vida cursada con intensidad! Los meses (poco menos de un año) de experiencia en Harlem son ejemplo de ello. Compartí la vida con la gente más vulnerable de EEUU. Y a eso se sumaban tres cosas tremendas…

No solo la experiencia. Compartir el afecto y cariño conque Héctor y Rogelio vivían su compromiso religioso, trabajando con y por los más indefensos. La preocupación de Patrick que conspiró a mis espaldas, el amor comprometido de los hermanitos en recibirme y querer que me quede, junto al esfuerzo de mis padres por preocuparse que volviera a mi ocasional lugar en el mundo.

Gracias a ello hoy puedo recordar estas páginas de la historia de mi exilio, blanqueada y documentada por la carta de mamá a mis hijos al fin de sus días… con emoción y sin amargura de ningún tipo. Salió la resolución sobre Uruguay y volví junto a amigos y amigas de Washington, quienes me habían recibido en un momento más difícil aún que aquel.

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