Mis Archivos del Exilio - 18

Fin del exilio: el regreso 16 de junio de 1984

Regresar al Uruguay era un tema diario en los largos años del exilio. Pero el viejo lo tenía muy claro. El 31 de enero del 78, le escribe a Carlos Julio una carta que él publica en su libro del 2013.

Siempre le pesó, no saber si la vida le daría tiempo para hacerlo. Pero cuando se dieron las condiciones que anunció en aquella carta, volvió. Murió a menos de 3 años del regreso. Pudo no haber sido. Pero fue. Lo dudó cuando cumplió 60 años, como narramos con Vignolo en nuestro libro. Pero volvió.

Un exdirigente escribió que volvió porque él se lo pidió por teléfono. Siempre lo tuvo claro pero rezaba diariamente para llegar. Llegó. La caída de la dictadura argentina y la asunción de Alfonsín tuvieron mucho que ver. Pero en el cómo, no en el cuándo.

Se habían dado las condiciones que había planteado. A principios de setiembre del 83, estábamos con Diego Achard en Barcelona hablando con él del regreso. El 30 de octubre Diego y yo fuimos a las elecciones en Buenos Aires. Alfonsín tuvo su sede en el H. Panamericano. Esa misma noche, llegamos al lobby del hotel con carnet de prensa. Ya había ganado las elecciones. Aún no había dicho su discurso de ganador.

En eso vemos subir al ascensor a su yerno y futuro vicecanciller, Raúl Alconada Falcone. Él nos hizo subir. Minutos después de saber que era Presidente electo, estaba hablando con Diego y conmigo del regreso de Wilson. Resultado: Wilson visitó Argentina, en diciembre invitado por Raúl, el hombre que tanto nos había ayudado en el 76, para asistir a su asunción el 10 de diciembre.

Fueron muchos uruguayos, hubo muchas reuniones. Yo no fui. Se me habían encomendado otras tareas para el regreso. Pero no dijo nada a los compatriotas que cruzaron el río para verle. El 18 de abril en México, festejamos la fecha patria para despedirme del exilio. Muchos luchadores fuertes, duros, que habían bancado prisión y tortura, no pudieron ocultar algún lagrimón.

Otros no precisaban llorar para estar. Gonzalo Fernández Gómez, mi amigo, que luego fue a despedirnos a Buenos Aires, el Colo (Echave), Martínez Moreno… El Pastor Castro que a la sazón pasaba por México… Llego el 20 de abril a Buenos Aires. Me encuentro con Diego y vamos a festejar su cumpleaños, el 4º de la Convergencia y a brindar por el regreso, aún un secreto.

Tres días más tarde llegaron los viejos, ya estaban Carlos Julio e Ituño. Les teníamos agendados programas con canales uruguayos y argentinos como el de Grondona y Neustadt y el programa de su viejo amigo de Carmelo, Juan Carlos Mareco (Pinocho).

El 28 de abril, finalmente, habla cara a cara ante una multitud uruguaya, por primera vez en más de una década. Fue en la Federación de Box y culminó con una cena popular en el local gremial de Obras Sanitarias. En su discurso, Wilson dice de golpe: «Yo voy». La reacción de la gente coincidió sólo en el entusiasmo. Pero unos apoyaban gritando siií y otros lo hacían con un sonoro noooooo para protegerlo. Pero sólo fue un anuncio preliminar.

Había que hacer el anuncio formal, fecha, detalles. Almorzamos en «La Cabaña» con el Gobernador Montiel de Entre Ríos. Montiel, radical, le dice que se aproxima el 25 de mayo, Fiesta Nacional argentina. Había concertado con el intendente de Concordia, Jorge Busti (peronista), invitarlo a presidir los actos de la provincia… en Concordia. Gobernador radical, Intendente peronista, fiesta nacional… Concordia a metros de Uruguay.

Le pidió para anunciar allí el regreso. El Senador Oscar Alende, Intransigente, anunció que iría. Una pluralidad muy amplia expresaba la solidaridad del pueblo argentino. Papá escribió un editorial para un improvisado semanario que sacábamos: titulado «Compromiso». Volvemos el 16. El plural me daba mucha tranquilidad. Terminó de escribirlo en una máquina portátil y me lo dio diciendo: «Tomá, firmá».

El saber cuáles eran mis sueños y lo que significaba para mí lo que decía: yo también volvía. Me lo dijo así, porque así nos comunicábamos. Teníamos nuestros propios códigos. Un par de noches después cenábamos con Los Olimareños. Todo un símbolo. En el 76 nuestro exilio porteño había comenzado guitarreando con ellos. En lo de Carbone, con Ducho Sfeir y, Elías Bluth, a quien conocimos esa noche y que lo narra maravillosamente en el libro que escribimos con Vignolo.

Papá les contó pero les dijo que mamá aún no sabía que yo volvía. Pero una noche a Pepe Guerra se le escapó. Mamá nos intimó y tuvimos que decirle. El 25 de mayo, Wilson habla en la Puerta de la Legislatura de Concordia, a la intemperie, por la multitud congregada. Los militares uruguayos habían cerrado el Puente Salto Grande. Pero los uruguayos se las arreglan y llegan.

El anuncio del regreso entusiasmó a la multitud. Ahora sí, todos querían, todos celebraban, todos se preparaban. Papá me manda a mi última misión en el exilio. Entregar una carta suya a los presidentes democráticos del Continente. Salgo el mismo 26 con la carta a 5 Presidentes: Siles, de Bolivia; Belisario Betancur, de Colombia; Jorge Illueca, de Panamá y Jaime Lussinchi de Venezuela.

Los cinco me recibieron sin entrevista previa y el 7 de junio regresaba a Buenos Aires. Alfonsín viajaba a España, y la última noche cenamos con él. Nos adelantó que apenas llegara a Madrid prepararía una declaración conjunta de ambos gobiernos exigiendo nuestra libertad. Así fue. Declaró despedida de Jefe de Estado. Aunque la gente le pasó por arriba a la ceremonia.

La noche de la partida nos fue a buscar el Presidente en Ejercicio, Víctor Martínez. Afuera esperaba una multitud de exiliados. Banderas blancas, del FA y, naturalmente, muchas del Uruguay. Las motos, sirenas y caravanas protocolares se mezclaban con los camiones embanderados llenos de gente. Antes de subir al barco un periodista argentino le pregunta: «¿por qué va para ir preso?».

Responde: «No voy para eso. Encarcelarme depende de ellos. Ser un hombre libre depende de mí». Desde el puesto de mando del buque, saludamos mientras la gente cantaba: «Vamos a volver al Uruguay, para que vean, que este pueblo no cambia de ideas, lleva las banderas de la Libertad». Parecía no terminar. Papá en esos momentos solía recurrir al humor.»Fijate si desataron las amarras, el barco no se mueve», me dijo, disimulando la emoción. Nos alejábamos del puerto y se sentía cada vez más lejano aquel grito de lucha. Pasamos al lado de los Alíscafos. Parecía no haber nadie. Se sintió el ruido con que se desplegó un cartel desde el primer al último buque: «Buen Viaje Wilson». Una voz cortó el silencio: «Dios te Bendiga Wilson».

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