La Paz, Bolivia, 1 noviembre de 1979

Masacre de todos los santos

El 31 de octubre del 79 habíamos obtenido un gran triunfo. Se reconocía, en la OEA, que el Maestro Julio Castro, era un desaparecido. No mitigaba el dolor de su muerte, pero no quedaba impune. Era jurisprudencia importantísima. ¡Había desparecidos! La trompada del Coronel Bonifacio, solo había ayudado a difundir mas por el mundo la noticia. Ya ni me dolía. Pero el festejo fue corto.

No había amanecido aún,cuando las radios anunciaban que el Coronel Natusch Busch, había dado un golpe de Estado contra el gobierno de Walter Guevara Arce. Bolivia frustraba el éxito diplomático en la misma OEA, que consideró la “salida al Mar” un tema de “negociación multilateral”, desoyendo las protestas de Chile. Y yo, tras los puñetazos militares, no me sentía seguro con el Golpe que regaban los bolivianos con su sangre.

Apenas se conoció las noticias el Embajador de Pinochet ante OEA (luego lo fue ante Bolivia) Pedro Daza Valenzuela, declaraba que no se podía “negociar con un país tan inestable: otro Golpe pobre Bolivia…” Las palabras de Daza eran lo de menos. Le habíamos conocido mucho cuando había sido embajador ante ALADI, en Montevideo. Lo más grave era lo que estaba por venir.

Eric, sacerdote donde me alojaba, me sugirió tras almorzar., ir al Sheraton a ver si la OEA tenía algún medio para evadir las barricadas militares e ir al Alto (donde se encuentra el aeropuerto), para poder salir de Bolivia. En el camino, nos cruzamos con dos cosas: la caravana de la OEA que ya se marchaba, perdiendo yo mi oportunidad de haberme sumado a ella. Lo otro era más grave.

Desde las barricadas, se abría fuego a la impresionante multitud congregada en la Alameda. Esta es la vía más importante de la Paz, va desde allí mismo donde estábamos hasta la célebre Plaza de San Francisco. La circunda la Avenida 16 de julio por donde circulan los vehículos. Todo eso, paseo y calle era un mar humano. Sentimos y vimos disparar los primeros tiros. Y caer las primeras víctimas.

Quisimos regresar a lo de Eric, pero al llegar, según consta en mi agenda, para que no me deje llevar por la memoria, “Eric me señaló la presencia de un policía bichón” En Uruguay diríamos “un tira”. Solamente pudimos hablar con Joe Eldridge en EEUU y con Diego Achard en Bolivia. Que supieran y dijeran a mis padres que estaba vivo y escondido.

Eric organiza mi escondite. Iba a ser en lo de unas hermanitas de un Convento, por lo que leo (no lo recordaba) llamado San Antonio. Quedaba cerca del Alto con lo cual,a la primera posibilidad iba a poder partir. El aeropuerto seguía cerrado. Pero, para llegar al Convento debíamos atravesar la Alameda. Lo hicimos. Nunca olvidaré lo que vivimos.

Aquella multitud, que iba engrosando a cada momento, era ametrallada desde el aire. En efecto, cruzando podemos alzar la mirada y ver más y más campesinos y gente de poblaciones originarias, bajando a sumarse a la lucha. A vuelo en ras, los aviones militares disparaban contra la muchedumbre. Caían heridos, los asistían pero no se iban del lugar.

Al verlos no podíamos saber si estaban heridos o muertos. Y aún de los heridos, cuáles habrían logrado sobrevivir. Cruzar esa Alameda es de las cosas más impresionantes que me ha tocado vivir. No hay cifras de cuántos murieron. En Bolivia, por ser 1º de noviembre, se le recuerda como la “Masacre de Todos los Santos,” hasta el día de hoy. Y santos eran.

Mártires que morían, en cruel anonimato para defender su patria y su libertad. Ibamos a pasar por lo de una hermana Amparo, que nos llevaría al convento. Haber podido cruzar con vida aquel bombardeo, fue más de lo que podía pedir. Pero íbamos subieron las calles en pendiente cuando una patrulla militar oculta en el seguían de una casa, nos pide documentos. “¿Son extranjeros? Sigan.”

Mi alma había ido y vuelto tantas veces a la Alameda como minutos tuvo la espera. Eric, era un tipo muy difícil de describir. Muy comprometido y siempre con buen humor. Quedó enojado que le dijeran extranjero. “¡Ah sí, extranjero yo, soy más boliviano que él!” Recuerdo que solía decir que era provincial de los dominicos en La paz. Y si uno le preguntaba cuantos eran decía “solo yo.” Había trabajado en la WOLA donde nos hicimos muy amigos.

LLegamos a lo de la Hermana Amparo, que vivía a mitad de camino. Allí Eric ni se despidió: “Vuelvo enseguida” dijo. Media hora más tarde Amparo me dice que debemos partir al Convento. Le pregunto por Eric. y me dice: “No se quiso despedir pero fue a su lugar, a pelear a las barricadas.” Se me hizo un nudo en la garganta. Pero por suerte antes de fin de año nos volvimos a ver.

Pasé la noche en el convento regenteado por unas monjitas españolas. Muy buena gente. Me dieron un “clergyman” (cuellito de cura bajo el saco). Me llamaban Padre Juan, no me daba cuenta si era por seguridad o burla. Un día una de ellas me dice con fuerte acento español “Padre Juan, vino una Sra. a confesarse.” Me temblaron las piernas. ¿Sería que no sabía que era un oculto impostor? Enseguida rió con complicidad.

Para lo difícil del momento hicieron el tiempo muy llevadero. La congregación era de las “Madres Mercedarias.” Yo había dormido como hacía mucho tiempo. Se ve que había aflojado los nervios. A las 18.30 fuimos a la cercana Parroquia de San Martín de Porres. Temblaba de miedo de que me invitaran a concelebrar.

Un día llamo al convento Diego Achard, desde Mexico. La Hermana Soledad, me dice “lo llaman de México Padre.” Yo quedo petrificado. Me aseguro. “Hermana, ¿dijeron padre?” Tras breve silencio: “Si Padre, o Don Juan, o al final ni siquiera se cómo quiere que le llamemos.”

Diego, supe más adelante, había obtenido el número de Eric que estaba bien. Le había dicho que me identificara así. Recibo instrucciones de bajar a Lufthansa a las 8 de la mañana del día 7. Había pasado ya una semana. Allí supe que aún no habían vuelos. Pero estaba el representante de OEA que me llevó al aeropuerto.

Aunque pareció un sueño, Diego había mandado un helicóptero de Canal 13 de México, (del que era Jefe de Noticias Internacionales). En él volé a Lima, y de allí a México. Mientras se alejaban las imágenes de la Ciudad y de Bolivia sentí un mezcla de alegría, emoción, nostalgia y tristeza. Fue para siempre mi segunda Patria.