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URUGUAY EN LOS MUNDIALES

Mundial ’54: el rey del mundo cede su corona en “el partido del siglo”

Uruguay, el tetracampeón, pierde su invicto histórico en la semifinal contra la fantástica selección de Hungría.

La formación de Uruguay en “el partido del siglo” contra Hungría en semifinales, que marcó la primera derrota celeste en los Mundiales.

Tras coronarse campeón en 1950, Uruguay llegaba a este Mundial de Suiza ‘54 con ocho de los campeones del Maracanazo, siete que habían sido titulares (Máspoli, Tejera, Rodríguez Andrade, Obdulio, Julio Pérez, Míguez y Schiaffino) y uno (William Martínez) que integró el plantel pero no llegó a jugar partidos en el torneo de Brasil.

Máspoli, Andrade, Obdulio, Míguez y Schiaffino volvían a ser inamovibles en la oncena titular, en cambio el Cato Tejera y Julio Pérez quedarían fuera del equipo (Pérez se lesionó pero no iba a ser titular), ocupando sus lugares William Martínez (suplente en el 50) y Ambrois. 

Schubert Gambetta, veterano y lesionado, acompañó a los seleccionados incluso en la concentración en Suiza, viajando invitado por una agencia de viajes. Otras versiones indican que integró la delegación en carácter de “adscripto” debido a que por estar lesionado no podía jugar, pero los dirigentes resolvieron mantenerlo en la delegación porque tenía notoria influencia en el ánimo de sus compañeros.

El campeón, entonces, presentó en Suiza una oncena integrada por cinco campeones (seis con Martínez) y otros cinco que venían descollando en el fútbol uruguayo: el zaguero Santamaría, el half izquierdo Luis Alberto Cruz, los entrealas Abbadie y Ambrois y el puntero zurdo Carlos Borges.

Los viejos futboleros sostienen que este plantel del 54 era más poderoso aún que el del 50, tanto es así que fuera de la oncena titular quedaban hombres como Tejera, Julio Pérez, Luis Ernesto Castro.

La Celeste tenía como escollos a Checoslovaquia y Escocia para pasar a la siguiente fase, y lo hizo venciendo a ambos rivales.

Checoslovaquia, que había clasificado a la Copa del Mundo tras eliminar a Rumania y Bulgaria, no figuraba entre las potencias, pero tenía un antecedente que la prestigiaba: en el Mundial de 1934 eliminaron en semifinales a la Alemania de Hitler y perdieron la final en el alargue ante la anfitriona Italia, con Mussolini mirando atento en el palco.

Si en algunos casos cabe la expresión de “campeones morales”, los checos del ’34 bien que podrían merecerla.

Generaba expectativa el debut celeste ante Checoslovaquia, aunque estos checos ya no eran como aquellos; incluso habían cedido a húngaros y austríacos el liderazgo futbolístico de la Europa Central. 

El partido se tornó complejo para Uruguay que recién a 20 minutos del final logró poner el 1-0 a través de Míguez, y luego otro héroe del 50, Schiaffino, sellaría el triunfo por dos goles.

El debut solo dejaría conformidad por el resultado, no así por el juego desarrollado. 

Tras el partido, los jugadores celestes pronunciaban frases tales como “en los Mundiales es difícil ganar y además jugar lindo”.

El curioso e insólito sistema de disputa del Mundial 54 establecía que los dos cabezas de serie de cada grupo (Uruguay y Austria en este caso) no podrían enfrentarse entre sí, como tampoco lo harían los otros dos equipos de la serie (Checoslovaquia y Escocia).

Por ende, solo se jugaban dos encuentros en la fase de grupos.

Tras vencer a los checos, Uruguay enfrentaba a Escocia y un empate le bastaba para avanzar a los cuartos de final. Es que Uruguay y Austria sumaban 2 puntos contra 0 de Escocia y Checoslovaquia. Y si los celestes perdían aún tendrían la chance de clasificar jugando un partido desempate (no se tomaba en cuenta el saldo de goles) con los mismos escoceses. 

Pero nada de eso fue necesario.

“En los Mundiales es difícil ganar y además jugar lindo” habían manifestado los muchachos tres días antes en Berna, pero en Basilea se encargarían de demostrarse a ellos mismos que sí era posible.

Uruguay no dejó ni respirar a Escocia y liquidó el partido en apenas media hora con goles de Borges y Míguez, para terminar anotando una goleada histórica en el complemento: 7-0. 

Cuentan que el séptimo fue una joyita: el “Pardo” burló a media defensa y dribleó incluso al arquero Martín. Los cronistas de la época comentaban que el half Cowie y el zaguero Aird jamás olvidarían el paseo que les dio Abbadie.

Inglaterra, que se había “abierto” al mundo del fútbol tras encerrarse en sus islas desinteresándose de participar en los primeros Mundiales, llegaba a Suiza con la idea fija de limpiar la imagen dejada en Brasil ’50 cuando sufrió la humillante derrota ante el amateur equipo de Estados Unidos.

Los inventores del fútbol debutaron en Basilea sin lograr vencer a Bélgica en un encuentro que quedó para el recuerdo. Ganaban 3-1 pero los belgas igualaron 3-3. El reglamento de este Mundial no admitía empates tras los 90 minutos, ni siquiera en la primera ronda, por lo que fueron a alargue, Inglaterra se puso 4-3 y otra vez empataron los belgas. Tras 120’ sumaron un punto cada uno.

En el segundo encuentro, Inglaterra mostró otra cara y venció a la anfitriona Suiza logrando así la clasificación, quedando como 1° en su grupo con un punto más que Italia y Suiza. Pero luego terminaría 2° debido a otra de las aberraciones en el sistema de disputa de aquel Mundial: italianos y suizos debieron jugar un desempate a ver quién ganaba el otro cupo. Ganó Suiza y esos 2 puntos les fueron sumados en la tabla, por lo que terminó 1° Suiza y 2° Inglaterra. Por eso Uruguay, 1° de su serie, se cruzó con Inglaterra que, insólitamente, clasificó como 2°.

Fresco en las memorias estaba el amistoso que un año antes habían sostenido estas dos selecciones en el Centenario. Aquella vez había sido victoria celeste 2-1. 

De esa oncena, se repetían los nombres de Máspoli, William Martínez, Rodríguez Andrade y Luis Alberto Cruz, y tres de la ofensiva: Abbadie, Míguez y Schiafino.

Borges, que no había jugado aquel amistoso, abrió el camino a la victoria burlando a sus marcadores con una veloz entrada. Iban apenas 5 minutos y ya ganaba Uruguay 1-0. Pero a los 16’ cayó el empate tras un pase maestro de Stanley Matthews hacia Lofthouse que se filtró entre Santamaría y Martínez y batió a Máspoli. 

A los 39’ volvió a ponerse en ventaja la Celeste con un zapatazo de Obdulio, el último de su trayectoria con la blusa color cielo. El Negro Jefe se desgarró al festejar ese gol y no podría mantenerse en pie para el resto del partido, quedando Uruguay con un hombre de menos en todo el segundo tiempo, o más bien dicho con dos de menos, pues también se había lesionado Abbadie.

El vacío que dejaba Obdulio en el centro del campo sería ocupado magistralmente por Schiaffino. El Pepe pasó a jugar de “5” y fue un fenómeno, encontrando en Ambrois a un socio ideal. El propio Schiaffino pondría el 3-1 al minuto del complemento, pero la ventaja de jugar con nueve hombres “enteros” contra once era demasiada ante un rival como Inglaterra que se puso a tiro con un tanto de Finney a los 22’, aunque Ambrois estiraría cifras a los 33’ poniendo el definitivo 4-2.

Uruguay venció a Inglaterra pese a jugar toda la segunda parte con nueve jugadores. 

Los inventores del fútbol otra vez se volvían frustrados a casa, mientras los campeones del mundo se metían en semifinales donde su rival podía ser Brasil, que al día siguiente se eliminaba con los húngaros.

El campeón olímpico ante el campeón del mundo

Al día siguiente del triunfo celeste sobre Inglaterra, los brasileños se quedarían con las ganas de tener una revancha con los uruguayos, cuatro años después del Maracanazo, pues perdieron ante Hungría el duelo de cuartos de final.

Se enfrentarían entonces el campeón del mundo de 1950 contra el campeón olímpico de 1952.

En el Mundial de Suiza, los húngaros habían goleado 9-0 a Corea del Sur y 8-3 a Alemania en la serie, y luego 4-2 a Brasil. Estaban confirmando su chapa de candidatos, chapa bien ganada tras la brillante consagración en los Juegos Olímpicos de Helsinski, donde derrotaron 2-1 a Rumania, 3-0 a Italia, 7-1 a Turquía, 6-0 a Suecia y 2-0 a Yugoslavia en la final.

Aquella Hungría, en 1953 le endosó un 6-3 a Inglaterra en Wembley, siendo el primer equipo no británico en ganarle en dicho estadio. Meses después, derrotarían a los ingleses 7-1 en Budapest en 1954, la peor derrota en la historia del combinado inglés.

Llegaron al Mundial con una racha de 28 partidos sin derrotas que estirarían a 31 tras vencer a coreanos, alemanes y brasileños. Uruguay, invicto en mundiales con 21 juegos disputados (5 en Colombes, 5 en Ámsterdam, 4 en 1930, 4 en 1950 y 3 en 1954 antes de enfrentar a Hungría) intentaría que la serie húngara no llegase a 32.

La selección magyar sufría la gran ausencia de su capitán y líder futbolístico Ferenc Puskas, a causa de un golpe desleal de un alemán. Por esa lesión no estuvo ante Brasil y tampoco ante Uruguay. La presencia de la estrella húngara estuvo en duda hasta último momento. Sin embargo, el entrenador, decidió no alinearle al ver que la lluvia y el mal estado del campo podía ahondar más la lesión.

Pero en filas orientales también había dos bajas por lesión, difíciles de disimular, como la del capitán Obdulio Varela y el “Pardo” Abbadie (lesionados ambos ante Inglaterra).

“El partido del siglo”

En la cancha barrosa del estadio de Lausana se enfrentaban el campeón olímpico, que sumaba 31 partidos sin perder, ante el campeón del mundo, que jamás había conocido una derrota en estos torneos.

Con esas credenciales, más que la semifinal ameritaba ser la final, pero solo uno accedería al duelo por el título contra el ganador de Alemania-Austria.

El equipo húngaro se caracterizaba por no demorar demasiado en vulnerar las redes adversarias. Ante Corea pusieron el 1-0 a los 12’ y el segundo a los 18’. En el 8-3 contra Alemania marcaron a los 3’ y a los 17’. Ante Brasil ganaban 2-0 en apenas 7 minutos.

Y ante Uruguay volvían a mostrar su precocidad goleadora. Iban 14’ cuando el veloz y endiablado Czibor anotó el 1-0 tras jugada individual.

Pero esta vez no lograban estirar ventajas, gracias a los rendimientos sobresalientes de hombres como William Martínez y Rodríguez Andrade.

Lentamente Uruguay logró sacarse de encima el acoso ofensivo del rival y comenzó a hilvanar alguna llegada, generalmente tras buenas combinaciones entre Schiaffino y Ambrois.

Se fueron al descanso con el 1-0 pero apenas reanudado el encuentro Hidegkuti conectó un centro y marcó el segundo tanto.

Como tantas veces la Celeste debía remarla de atrás. Muchos de estos mismos hombres habían remontado los partidos ante España, Suecia y Brasil en el Mundial anterior, por lo que no se desanimaron y fueron por la hazaña, aunque conscientes del enorme poderío del rival.

Uruguay fue al ataque y Hohberg tuvo el descuento en dos ocasiones pero sus disparos no fueron precisos. Más tarde, el “Verdugo” mejoraría su puntería y convertiría dos veces. 

Faltaban 15’ para el final cuando se juntaron Schiaffino y Ambrois y dejaron a Hohberg la definición de la jugada. Al cordobés le metieron un pase tipo puñalada que perforó a la defensa, recibió de espaldas al arco con los dos zagueros a varios metros de distancia (uno a la derecha y el otro a la izquierda), se dio vuelta, y cuando los dos backs estaban a punto de trabarlo miró al arquero que le salía a achicar y se la tiró contra un palo.

El festejo fue mesurado, apenas unos gritos de exclamación, pero nada de corridas locas. Había que reanudar rápido para tentar el empate. 

La Celeste se ponía a un gol del alargue y Hungría abandonaba su característico fútbol ofensivo para meter siete hombres en su retaguardia. 

Pero otra vez apareció Schiaffino y, mientras caía al suelo, terminó entregándole el pase de gol a Hohberg; éste llegó a la carrera, el arquero salió a cortar y lo eludió, pero traía tanto impulso que la pelota le quedó atrás. Dos rivales lo escoltaban pero como ellos también venían a la carrera siguieron de largo y se frenaron dentro del área chica para cubrir el arco que estaba desguarnecido. Hohberg logró rematar a media altura mientras uno de los zagueros se zambullía contra el palo sin lograr impedir el empate. Las filmaciones muestran cómo se lamentaban los húngaros al ver sacudirse la red. El arquero Grocics se tomaba la cabeza, el zaguero Buzansky se agarraba del palo como pretendiendo encontrar en ese poste alguna explicación a lo que acababa de ocurrir. El otro back, Lantos, el que se había zambullido para evitar el gol, solo atinó a sentarse desconsolado en el pasto. Czibor se sacó la bronca pegándole un puntazo a esa maldita pelota.

La Celeste había logrado el empate en el minuto 43 del segundo tiempo, cuando pocos creían que sería posible remontarles un 2-0 a los fantásticos magyares.

Los aficionados suizos, contagiados por el espíritu que mostraban los celestes, se habían volcado en favor de ellos y celebraron ese agónico gol. 

Hohberg corría gritando su hazaña y de pronto cae al piso fulminado.

El partido se reanudó y mientras los médicos atendían al goleador fuera del campo, casi ocurre el milagro de los milagros: en la última jugada Schiaffino eludió al arquero y remató con el arco vacío, pero la pelota quedó muerta en un charco del área chica y el zaguero Lórant llegó a despejar con lo justo.

Así, 21 jugadores exhaustos encararían un alargue de media hora.

Fuera del campo seguía Hohberg, desmayado o con un infarto, vaya uno a saber.

El cordobés fue reanimado por el kinesiólogo Carlos Abate que le administró Coramina por la boca. Fue atendido fuera de la cancha y se perdió los minutos finales y varios del inicio del alargue.

¿Desmayo o infarto? El historiador Alfredo Etchandy en su libro El Mundo y los Mundiales, narra que Hohberg sufrió un infarto, que le hicieron masajes cardíacos, respiración boca a boca y le aplicaron un medicamento denominado Coramina que es un vasodilatador.

Una vez reanimado volvió al campo y siguió jugando.

El alargue era de ida y vuelta. Uruguay pudo ganarlo, pero esa tarde Schiaffino estaba tan genial como engualichado. El Pepe probó al arco y estrelló dos pelotas en los palos. Antes, entre el barro y el agua le habían frenado el gol de la victoria.

Hungría complicaba metiendo centros y aprovechó el momento justo: se lesionó Rodríguez Andrade y tuvo que salir unos minutos. Y en esos pocos minutos apareció Sandor Kocsis que ganó dos pelotas aéreas y liquidó el partido. 

Treinta años de invicto acabaron con dos cocazos de este húngaro, pero, por más que el traspié haya calado hondo, al punto que algunos de nuestros muchachos lloraron en vestuarios desconsoladamente, el tiempo ha hecho que aquella derrota se transformara en orgullo de celestes y magyares. Ninguno fue campeón (Hungría perdería luego la final ante Alemania) pero quedaron en la historia por haber protagonizado lo que en su momento se denominó como “El partido del siglo”.

“Hemos derrotado no solo al mejor equipo de este Mundial sino al que jamás nos haya enfrentado” confesó ese día Gusztav Sebes, el entrenador de ese “equipo de oro”. 

“El tremendo esfuerzo que nos implicó vencer a Uruguay seguramente incidirá a la hora de decidir la final ante Alemania” avisaba el DT húngaro. Y así fue.

La misma Alemania a la que golearon 8-3 en primera fase, le dio vuelta la final a los húngaros que se habían puesto 2-0. Tres a dos para los teutones marcó el tablero del estadio de Berna, consagrando a Alemania por primera vez como Campeón del Mundo.

Para Hungría significaba el final de un invicto de 32 partidos y la época más gloriosa de su historia.

Aquella formación de los años cincuenta sería recordada como “el equipo de oro”, “los magyares poderosos”, “los magníficos magyares”. Este equipo es reconocido por haber realizado un estilo de juego que sería un temprano precedente del “fútbol total” utilizado más tarde por la selección holandesa.

Para Uruguay también sería el fin de un ciclo exitoso que se había iniciado en 1924. 

El equipo de Juan López, cargado de gloria, tuvo que morder el polvo ante los húngaros. Al retirarse del campo en medio de llantos y desconsuelo, los uruguayos dieron su última gran lección: los triunfos hacen historia, pero dejar la vida en la cancha también.

El partido que a nadie le gusta jugar

La derrota ante Hungría había sido una puñalada al corazón y en esta triste despedida de Suiza, los celestes no demostrarían el mejor ánimo.

Recuperado Abbadie volvió al equipo y salió Souto; se mantuvo Carballo de “5” pues Obdulio seguía lesionado; Hohberg volvía a estar en el centro del ataque, por su rendimiento y porque Míguez estaba sancionado; e ingresó Omar Méndez por Ambrois. De esta forma se juntaban las dos alas que jugaban de memoria en Peñarol: Abbadie-Hohberg y Schiaffino-Borges con Omar Méndez como centrodelantero 

Los austríacos habían vencido 1-0 a Escocia y 5-0 a Checoslovaquia en la serie. En cuartos de final eliminaron al anfitrión Suiza con un asombroso 7-5 (a los 17’ ganaba el local 3-0 y a los 34’ había pasado Austria 5-3, cerrándose así el primer tiempo y aumentándose la diferencia a 7-5 en el complemento). Pero en semifinales se cayó la estantería austríaca ante su vecina Alemania perdiendo por 6-1.

A los uruguayos nunca les cayó en gracia esto de jugar por un tercer puesto. Las estadísticas demuestran que tras perder una semifinal, es casi un hecho que Uruguay también pierda este partido consuelo.

Austria empezó ganando a los 16’ pero muy rápido (22’) empató Hohberg de penal. En el segundo tiempo caería el segundo austríaco y cerca del final el tercero.

Uruguay entregaba el trofeo Jules Rimet cediendo su condición de campeón para ubicarse en un más que digno 4° puesto.

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