Mis Archivos del Exilio - 27

Navidad en Knoxville: separación familiar

Tras la muerte del Toba y Zelmar, algunas rutinas cambiaron. Nos fuimos, de una hora de distancia de Montevideo, al hemisferio Norte. No hubo un solo día que no los recordáramos. Además, la familia estaba lejos. Yo en EEUU, los viejos en Londres. Mis hermanos en Montevideo.

Las Navidades, con nieve, cambiaban de color y calor. De Washington a Londres, el vuelo duraba menos de 7 horas. Durante varios años se dio la llamada guerra de las aerolíneas (BOAC, TWA, PAN AM) por los precios. Se sumó una empresa de un solo avión: «Laker» (de un noble inglés de ese apellido). Era un verdadero puente aéreo que bajaba los precios cada semana, hasta que sacaron a Laker del mercado: fui todos los fines de semana que pude, pero igual, no era lo mismo.

Mis hermanos fueron un par de veces, quizás más, con su familia, si no, las navidades las pasábamos los tres: mis viejos y yo. Generalmente en Londres, alguna vez en casa, Washington. Había mucha coreografía para disimular ausencias. Y las despedidas eran embromadas, duras. Mi viejo, aficionado a las manualidades, había hecho un pesebre con figuras originales.

Empezó con las clásicas, luego le fue sumando personajes del exilio: pueblos originarios, una iglesita ayacuchana (Perú), y alguno de cada región de España que visitaban, un Bobby (policía) inglés. Era el pesebre del exilio. Desde el regreso a Uruguay, trato de emularlo cada año. Cuando en vez de los tres, estaba mi hermana con las «nietas,» mis padres tocaban el cielo con las manos.

Si era en Londres, después de las 12, los «abuelos» se quedaban con las chicas y yo iba con Babina y León a Trafalgar Square, el lugar tradicional de las fiestas para el brindis londinense. Hubo una Navidad, una sola, que no pudimos estar juntos. Yo en EEUU, ellos en Londres y el resto de la familia en Uruguay. Fue en el año 1977, ni siquiera pudimos pasar juntos los tres que vivíamos ya en el hemisferio Norte (mamá, papá y yo).

A mí me habían cancelado el pasaporte. Recuerdo, no solo esa Navidad, sino la negativa del pasaporte mismo. Hoy sabemos, por los documentos ya desclasificados, que estaba invalidado desde el 75. Pero no existían las computadoras. Mientras tenía fecha de validez escrita, lo usé. Expedido en junio del 72, en junio del 77 fui al Consulado. El Cónsul era un amigo, Quique Fischer.

Recuerdo el dolor con que me exhibió las instrucciones directas del Ministro, prohibiendo que se renovara por 5 años más. Ese día lloré. Llegué a la oficina (WOLA), el Director, Rev Joe Eldridge, me preguntó cómo me habían atendido. Me abracé de él y lloré. ¡Qué sorpresa que le habrá dado! Tras noches trágicas en Buenos Aires, no pude llorar. Aflojé por el pasaporte.

Raro, ¿no? Años más tarde, la Junta Departamental homenajeó al Pastor Emilio Castro, padrino del exilio, como yo le llamaba. Me sentaron entre mi madre y el intendente Tabaré Vázquez. Él contó cuando le quitaron el suyo. «El idioma inglés es más generoso, en español ponen apátrida…» Era eso. Mi madre me tomó de la mano. Había entendido. Tomé conciencia de que, para el país donde nací, era un «apátrida.» A los 24 años iba a pasar mis primeras navidades solo. Y a esa idea me hice.

Pero cuando llega el tiempo de los preparativos de las Fiestas, el mismo director de la oficina, Joe Eldridge, me dice que va a pasar las navidades con sus padres en el sur profundo de EEUU: Knoxville, Tennessee. Agrega que sus padres me invitan a que vaya con él. Eldridge es un pastor metodista sureño, con muchas vivencias latinoamericanas. Fue ordenado en Chile, por el célebre obispo Valenzuela.

Militó contra el régimen de Pinochet, dirigió la oficina donde yo trabajaba, monitoreando la política exterior de EEUU hacia América Latina. No hace mucho pasó unos años en Honduras. Está casado con una boliviana. Por suerte sigo en contacto con él. Tuvo mucho que ver en mi formación de joven. Diciembre había sido agitado.

El lunes 12, me habían citado una vez más del FBI, para expresar su preocupación por Miguel Sofía y Nino Gavazzo. No sabía entonces que, quien para mí era un detective más, Bob Scherer, hoy se sabe que era la persona que daba seguimiento al Plan Cóndor en el FBI. Había sido agregado en Buenos Aires en 1975.

Yo no tenía idea. Ese mismo día, había tenido examen en la Universidad George Washington. Sabía que era el último, porque recién empezando mi carrera, ya no tenía plata para seguir. Estudiaba de noche. Mi monoambiente en el 922 de la calle 24 quedaba en pleno campus de la Universidad.

Dejar de estudiar era un dolor muy grande. El miércoles 14 me llaman de la OEA, para decirme que tenían ya la confirmación de que Julio Castro no había ingresado a Buenos Aires, como sostenía el régimen uruguayo. El Presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el jurista venezolano Andrés Aguilar, nos creyó cuando le dijimos que lo del viaje a Argentina era una gran mentira.

Condujo una investigación cuidadosa y descubrió la verdad: Castro nunca había salido de Uruguay. Pasaba a ser técnicamente un «desaparecido». No era un fin de año cualquiera. ¡Cómo hubiera sido quedando solo en Navidad! El 23, un viernes, fui a la oficina y despaché algunas cosas como todos los días. Pero ya fui con mi bolso. Hablé por teléfono con Matilde, la viuda de Toba.

Pasamos por lo de Joe, hizo algunas diligencias, empacó y a las 5 y media empezamos a hacer carretera. Cenamos un sándwich en el auto y llegamos a las 4 de la mañana. El padre de Joe era pastor, en la principal iglesia metodista de Knoxville. Allí no se celebra la cena de Nochebuena, sino el almuerzo de Navidad.

Los regalos se abren al despertar. El Rev. Eldridge padre resolvió abrir los paquetes la Nochebuena para que yo no extrañara tanto. Uno de los tantos gestos que hicieron que venciera el «extrañe» y me sintiera en mi casa. El regalo para mí era un paquete muy chiquito. Dentro: el mejor que podía recibir. Su Iglesia se haría cargo del pago de mis estudios hasta terminar la carrera.

Veo en mi agenda, que cuando todo el mundo se va a dormir, Joe y yo quedamos conversando sobre Zelmar y el Toba. De regreso a Washington, le avisé a mi Profesora Cynthia Mc Clintock. Las extrañas vueltas de la vida: hoy es una de las integrantes del «Board» directivo de la WOLA, mi oficina de entonces. La Navidad siguiente, ya todos teníamos documentos de refugiados y nunca más, hasta que la vida se los llevó, pasamos separados en Navidad.

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