“Vidas encajonadas”. Reensamblajes conceptuales de Claudio Rama

El tiempo del cuerpo

Somos un reloj biológico. Nuestro cuerpo es la máquina que nos mueve e impulsa nuestras extremidades y hace mover las extrañas piezas internas que nos pueblan. Es ése el territorio que no vemos, que suponemos, que escuchamos y que sabemos que nos rige. Allí, conexiones, aparatos y relojes biológicos desconocidos marcan el devenir desde nuestros inicios, desde antes de nuestra infancia. Adentro está esa maquinaria que nos mueve y los indicadores que nos develan la realidad e infinitas conexiones de venas, arterias y otros filamentos que nos abrazan. Apenas vemos las terminales de esas profundidades del alma y del cuerpo. Los brazos y las manos, las piernas y los pies, los huesos y las uñas, los pelos o los sudores son las muestras visibles de esa red de alambres y caños que los unen. Hoy asistimos a un intercambio de ellos por componentes mecánicos, de plástico o de cualquier nuevo invento para mantener en funcionamiento este motor de vida que nos hace seguir pulsando en este mecanismo interno de relojería que nos mueve. Somos máquinas en funcionamiento a la espera del fin. Midiendo indicadores del funcionamiento y olfateando el posible tiempo que queda y del que fue. Sentados sobre nuestra infancia vemos el fluir del tiempo que corre y se entrevera, pasa y nos atropella, que nos va dejando mientras tratando de ponerle sistemas para medirlo. Nuestra conexión con el mundo son nuestras extremidades, pero nuestra vida real está en ese interior que nadie ve y toca, que nosotros mismos desconocemos, de extraños indicadores que gritan lo que sentimos o intuimos, y que apenas sabemos interpretar. La procesión, los caminos de la vida, de la sangre o la electricidad que fluye, van por dentro recorriéndonos y dejando huellas de síntomas del desgaste del tiempo. 

Un reloj de vida comanda en nuestro interior y también se muestra en nuestra piel. Sus agujas están en el centro de nosotros mismos y también en nuestro interior moviéndose pausada y continuamente. Todo es tiempo en este cuerpo de vida. Todos son segundos, minutos y horas, días y semanas, meses y años, y con ello rupturas y deterioros, desgastes y desvanecimientos. No más que eso y muchas veces ni eso. No son siglos ni milenios. El cuerpo y el tiempo se mueven como esos indicadores que cuentan de nuestras historias y los problemas que van creciendo, los desórdenes que aparecen escondidos y los sutiles datos que nos delatan y nos develan, que nos gritan nuestras cotidianas circunstancias. Ellos muestran nuestro camino, nuestro origen y marcan nuestro propio fin. Nos vuelven humanos aunque seamos máquinas de sangre que esconde un reloj con su inicio y desarrollo, y también su fin, más allá de todo lo que hagamos por nosotros o por los demás, o lo que logremos y podamos que otros hagan por nosotros. Somos un tiempo que recorre el propio vivir. Somos una vida en su propio tiempo. Todo es tiempo y en tiempo se mide nuestro propio presente. El tiempo es nuestra perspectiva de la vida y ésta es también tiempo. Pasan los minutos y perdemos tiempo mientras pasamos tiempos y se nos agota el tiempo. Maravilloso tiempo de mierda que no sabemos cómo usar ni tampoco detener para poder gozar el tiempo que se nos escapa por vivir. 

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Últimos artículos de Cultura