Opinión

Artículo del Ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, para el periódico Izvestia “Escenificaciones como método de la política occidental”

Hoy en día, las Fuerzas Armadas de Rusia y las milicias de las República Populares de Donetsk y Lugansk cumplen firmemente las tareas en el marco de la operación militar especial (OME) para poner fin a la flagrante discriminación y genocidio de los rusos y eliminar las amenazas directas a la seguridad de la Federación de Rusia que EEUU y sus satélites estaban creando en Ucrania durante muchos años. Perdiendo en el campo de batalla, el régimen ucraniano y sus patrocinadores occidentales no desprecian organizar escenificaciones sangrientas para demonizar a nuestro país en la opinión pública internacional. Ya hubo escenificaciones en Bucha, Mariúpol, Kramatorsk, Kremenchug. El Ministerio ruso de Defensa advierte regularmente sobre la preparación de nuevas escenificaciones disponiendo de la respectiva información. 

Las escenificaciones provocativas realizadas por Occidente y sus cómplices tienen un estilo reconocible. No comenzaron en Ucrania, sino mucho antes.

1999, la Provincia serbia deKosovoy Metojia, poblado de Racak. Un grupo de inspectores de la OSCE llega al lugar donde fueron descubiertas varias docenas de cadáveres vestidos de civiles. El jefe de la misión declara inmediatamente, sin realizar una investigación, que tuvo lugar un acto de genocidio, aunque sacar tales conclusiones no es de incumbencia de un funcionario internacional. La OTAN inmediatamente lanza una ofensiva contra Yugoslavia, destruyendo deliberadamente la estación central de televisión, puentes, trenes de pasajeros y otra infraestructura civil. Posteriormente, se puso de relieve que los asesinados no fueron civiles, sino militantes de las unidades armadas del Ejército de Liberación de Kosovo vestidos de civiles. Sin embargo, la escenificación ya funcionó como un pretexto para el primer uso arbitrario de la fuerza contra un Estado parte de la OSCE desde la firma en 1975 del acta Final de Helsinki. Es demostrativo que el jefe de la misión de la OSCE, cuya declaración sirvió como «desencadenante» para el Inicio de los bombardeos, fue William Walker, un ciudadano estadounidense. El principal resultado de la agresión fue la separación violenta de Kosovo de Serbia y la creación de la base militar estadounidense más grande en los Balcanes – Camp Bondsteel.

2003, el tristemente conocido ‘performance’ del Secretario de Estado de EEUU, Colin Powell, en el Consejo de Seguridad de la ONU con un tubo con un polvo blanco que presentó para todo el mundo como esporas de ántrax, supuestamente producidas en Irak. Esta escenificación tuvo éxito de nuevo: los anglosajones y sus cómplices bombardearon Irak que no puede restaurar plenamente sus instituciones estatales hasta hoy. La falsificación se reveló en breve: todos reconocieron que no hubo armas biológicas ni otras armas de destrucción masiva en Irak. Posteriormente, uno de los autores intelectuales de la agresión, el Primer Ministro británico, Tony Blair, reconoció la falsificación, declarando algo como: bueno, nos equivocamos, con quién no sucede esto. El mismo Colin Powell se justificó más tarde diciendo que fue «los servicios secretos le habían tendido una trampa». De todos modos, otra provocación escenificada sirvió como la motivo para implementar los planes de destruir un país soberano.

2011, Libia. Aquí hubo una dramaturgia específica. No hubo mentiras directas, como en Kosovo e Irak, pero la OTAN tergiversó burdamente la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Esta resolución estableció una zona de exclusión aérea sobre Libia para «aterrizar» aviones de combate de Muamar Gadafi. Estos aviones no volaron. Sin embargo, los miembros de la OTAN simplemente comenzaron a bombardear las unidades del Ejército libio que luchaban contra los terroristas. Muamar Gadafi fue brutalmente asesinado, no quedó nada de Libia, todavía están tratando de restablecerla de pedazos, y de nuevo este proceso está bajo control del representante de EEUU nombrado por decisión personal del Secretario General de la ONU sin consultar al Consejo de Seguridad. En el marco de este proceso, los colegas occidentales escenificaron en reiteradas ocasiones los acuerdos entre los representantes de Libia sobre las elecciones, que finalizaron con nada. Libia sigue siendo un territorio dominado por los grupos armados ilegales. La mayoría de ellos cooperan estrechamente con Occidente.

2014, febrero, Ucrania. Occidente, representado por los Ministros de Asuntos Exteriores de Alemania, Francia y Polonia, de hecho, obligaron al Presidente Víctor Yanukóvich a firmar un acuerdo con la oposición para poner fin a la confrontación y arreglar de forma pacífica la crisis interna ucraniana mediante la creación de un Gobierno de Unidad Nacional provisional y la celebración de elecciones anticipadas dentro de varios meses. Sin embargo, esto resultó ser una escenificación también: la mañana siguiente, la oposición perpetró un golpe de Estado bajo lemas rusofóbicos y racistas, y los garantes occidentales de los acuerdos ni siquiera intentaron hacerla entrar en razón. Además, inmediatamente comenzaron a alentar a los golpistas con su política antirrusa que desencadenasen una guerra contra su propia población, bombardeasen las ciudades de Donbás solo porque sus habitantes se habían negado a reconocer el golpe de Estado anticonstitucional. Por eso, los habitantes de Donbás fueron declarados «terroristas», lo que Occidente incentivó de nuevo.

Cabe señalar aquí que la matanza de manifestantes en Maidán también fue un fingimiento, como se supo pronto, y la culpa de ello la echó Occidente a las fuerzas de seguridad leales a Víсtor Yanukóvich y a los servicios especiales rusos. De hecho, la provocación fue preparada por radicales en las filas de la oposición que cooperaban estrechamente con los servicios de seguridad occidentales. Pronto los hechos salieron a la luz, pero todo ya se acabó. 

Cuando se puso fin a la guerra en Donbás, como resultado de los esfuerzos de Rusia, República Federal de Alemania y Francia, en febrero de 2015, se concluyeron los Acuerdos de Minsk entre Kiev, Donetsk y Lugansk, e incluso en este caso Berlín y París se mostraron muy activos, proclamándose orgullosamente sus garantes. Sin embargo, durante los siguientes siete largos años, no movieron un dedo para hacer que Kiev entable un diálogo directo con los representantes de Donbás para acordar su estatus especial, la amnistía, el restablecimiento de los vínculos económicos y la celebración de elecciones, como lo exigen explícitamente los Acuerdos de Minsk, aprobados por unanimidad por el Consejo de Seguridad de la ONU. Los líderes occidentales guardaron silencio incluso cuando Kiev, tanto bajo Piotr Poroshenko, como bajo Vladímir Zelenski, tomó medidas que contradecían directamente los Acuerdos de Minsk. Además, los alemanes y los franceses declararon que el diálogo directo entre Kiev y la República Popular de Donetsk y la República Popular de Lugansk era imposible, echando la culpa a Rusia, a pesar de que nunca fue mencionada en los Acuerdos de Minsk y de que durante todos estos años fue la única en insistir en su implementación. 

Si alguien tenía dudas de que los Acuerdos de Minsk también eran un fingimiento, las disipó Piotr Poroshenko, que dijo el 17 de junio de 2022: «Los Acuerdos de Minsk no significaban nada para nosotros, no íbamos a cumplirlos… nuestra tarea fue conjurar el peligro… conseguir algo de tiempo para restablecer el crecimiento económico y aumentar el poder de las Fuerzas Armadas de Ucrania. El objetivo fue alcanzado. Los Acuerdos de Minsk cumplieron su tarea». El precio de este fingimiento lo sigue pagando el pueblo ucraniano, que durante años ha sido forzado por Occidente a aceptar la vida bajo la opresión de un régimen neonazi rusófobo. Ahora, cuando Olaf Scholz exige obligar a Rusia que acepte un acuerdo sobre las garantías de la integridad territorial y la soberanía de Ucrania, lo intenta en vano. Tal acuerdo ya existía, son los Acuerdos de Minsk, con los que acabaron Berlín y París, cubriendo a Kiev que se negó abiertamente a cumplirlos. Así que, terminó el fingimiento, finita la commedia.

Por cierto, Vladímir Zelenski es un digno sucesor de Piotr Poroshenko, ante quien, en un mitin electoral a principios de 2019, estaba dispuesto a arrodillarse teatralmente para poner fin a la guerra.

En diciembre del mismo año, él mismo tuvo la oportunidad de cumplir los Acuerdos de Minsk: se celebró en París la cumbre del Cuarteto de Normandía, donde en una declaración aprobada al nivel más alto se comprometió a resolver las cuestiones del estatus especial de Donbás. Por supuesto, no hizo nada, mientras que Berlín y París volvieron a protegerlo. Otro documento tan promocionado no fue más que un fingimiento organizado por Ucrania y Occidente, justo según la lógica de Piotr Poroshenko, para ganar tiempo y abastecer de armas al régimen de Kiev. 

También hubo Siria. Tras la implementación del acuerdo de 2013 sobre la destrucción de las armas químicas sirias, confirmada por la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), por lo que obtuvo el Premio Nobel de la Paz, en 2017 y 2018, se produjeron flagrantes provocaciones mediante el uso fingido de armas químicas en Jan Sheijún y en el suburbio de Damasco de Duma. Se difundieron videos en los que unas personas llamadas Cascos Blancos (que se proclamaban una organización humanitaria, pero nunca aparecían en el territorio controlado por el gobierno sirio) ayudaban a los residentes supuestamente envenenados, sin que nadie llevara ropa de protección ni utilizara ningún accesorio para la protección. Todos los intentos de conseguir que la Secretaría Técnica de la OPAQ desempeñe sus funciones con diligencia y garantice un proceso de investigación de incidentes transparente, como lo exige la Convención sobre Armas Químicas (CAQ), no han tenido éxito. Esto no es sorprendente, ya que hace mucho que la Secretaría Técnica fue privatizada por los países occidentales, cuyos representantes ocupan puestos clave allí. Participaron en la organización de los citados fingimientos, utilizándolos como pretexto para que EEUU, Reino Unido y Francia pudieran lanzar ataques con misiles y bombas contra Siria, justo un día antes de que llegara allí, por nuestra insistencia, un equipo de inspectores de la OPAQ para investigar los incidentes, a lo que Occidente se resistió desesperadamente.

Las habilidades de Occidente y su asistente, la Secretaría Técnica de la OPAQ, de montar escenificaciones se manifestaron en las situaciones de “envenenamiento” de los Skripal y de Alexéi Navalni. En ambos casos, las numerosas solicitudes de información oficiales, enviadas por la parte rusa a La Haya, Londres, Berlín, París, Estocolmo, quedan sin respuesta, aunque estas solicitudes fueron formuladas en plena conformidad con los requisitos de la CPAQ y procede contestar a las mismas.

De la misma manera procede contestar a las preguntas sobre las actividades encubiertas que el Pentágono (a través de su Agencia de Reducción de la Amenaza) ha venido realizando en Ucrania. Los “hallazgos” descubiertos por las fuerzas de la OME en los laboratorios biológicos militares en los territorios liberados del Donbás y las zonas adyacentes, denotan unívocamente las infracciones directas de la Convención sobre la Prohibición de Armas Biológicas y Toxínicas (CPABT). Presentamos los documentos correspondientes a Washington y el Consejo de Seguridad de la ONU. Se inició el procedimiento de obtención de aclaraciones, conforme la CPABT. En contra de los hechos, la administración estadounidense trata de justificarse declarando que todas las investigaciones biológicas en Ucrania tenían el carácter exclusivamente pacífico y civil. Sin presentar prueba alguna de ello. 

En un plano más amplio, la actividad biológica militar del Pentágono en todo el mundo, especialmente en el espacio postsoviético, exige la atención más intensa a la luz de los múltiples testimonios sobre los experimentos criminales con los patógenos peligrosísimos para crear armas biológicas, que se llevan a cabo bajo la tapadera “pacífica”.

Ya he mencionado las escenificaciones de los “crímenes” de las milicias del Donbás y los participantes de la OME rusa. El valor de estas acusaciones se ve en una simple circunstancia: al mostrar a todo el mundo la “tragedia en Bucha” a principios de abril de 2022 (hay sospechas de que los anglosajones participaran en el “diseño del decorado”), Occidente y Kíev siguen sin responder las preguntas elementales de si se han identificado los fallecidos y cuáles son los resultados de los estudios anatomopatológicos. Como en los casos arriba descritos de los Scripal y Navalni, el “estreno” propagandístico de la “obra” en los medios occidentales se celebró, y ahora se callan, porque no tienen nada que decir.

Este es el algoritmo de la política occidental: fabricar un bulo, inflarlo hasta una catástrofe universal durante un par de días, cortando el acceso de la población a los datos alternativos, y cuando éstos consiguen abrirse el paso, los ignoran simplemente o, en el mejor de los casos, mencionan en la última plana de noticias con letra pequeña. Importa comprender: no son juguetes inofensivos en la guerra de la información, ya que semejantes escenificaciones se usan como pretexto para acciones materiales, como castigar a los países “acusados” con las sanciones, cometer contra ellos agresiones bárbaras con centenares de miles de víctimas civiles, como sucedió, en particular, en Irak o Libia. O, como en Ucrania, utilizarla como material de consumo en la guerra de Occidente contra Rusia. Los instructores y apuntadores de sistemas de misiles de la OTAN por lo visto ya están dirigiendo las acciones de las FAU y los batallones nacionalistas en el terreno. Espero que entre los europeos queden políticos responsables que son conscientes de las posibles consecuencias de ello. En este sentido es notable que ningún cargo de la OTAN ni la UE haya llamado al orden al desbocado comandante de la Fuerza Aérea de Alemania, un tal Gerhartz, quien advirtió de la necesidad de prepararse para el uso de las armas nucleares y añadió: “Putin, no trates de competir con nosotros”. El silencio de Europa hace pensar que se olvida apaciblemente del papel de Alemania en su historia. 

Si aplicáramos el enfoque histórico para abordar los acontecimientos de hoy, veríamos que toda la crisis ucraniana aparece como “un gran juego” que sigue el guión promovido en su momento por Zbigniew Brzezinski. Es decir, se habla de las buenas relaciones y de la disposición de los países occidentales a tener en cuenta los derechos y los intereses de los rusos residentes después de la desintegración de la URSS en la Ucrania independiente y en otros Estados del espacio postsoviético, pero en realidad es actitud ficticia. Desde el principio de 2000 Washington y la UE empezaron a exigir abiertamente a Kiev que se definiera sobre si estaba con Occidente o con Rusia.

Desde 2014 los países occidentales dirigen al obediente régimen rusófobo que llegó al poder como resultado de un golpe de Estado. La aparición de Vladímir Zelenski en los Foros internacionales que tienen algo de relevancia también es siempre parte del espectáculo. Aparece ante el público, pronuncia discursos patéticos, pero, en cuanto propone algo sensato, se le dice que ni pensar. Ocurrió así tras la ronda de Estambul de las negociaciones ruso-ucranianas a finales del pasado mes de marzo: parecía que se había avanzado en el diálogo, pero a Kiev se le obligó a echarse para atrás, recurriendo para ello al episodio de Bucha, una falsificación en toda regla. Washington, Londres y Bruselas empezaron a exigirle a Kiev que no empezara las negociaciones con Rusia hasta lograr ventaja militar completa. Se aplicó a fondo el ex Primer ministro británico y algunos políticos todavía en ejercicio, pero carentes, según todo parece indicar, de sentido común.

La declaración del Jefe de la diplomacia europea, Josep Borell, quien manifestó que el conflicto debe acabar “con la victoria de Ucrania en campo de batalla” hace pensar que tal herramienta como la diplomacia “aplicado por la UE” pierde su significado.

Desde una perspectiva más generalizada es curioso estar presenciando cómo Europa “a la que Washington hizo cuadrarse en el frente antirruso” es la mayor afectada por las sanciones poco pensadas, cómo vacía sus arsenales, suministrando armas a Kiev y no exigiendo informes sobre quién las está controlando y dónde acaban, liberando su mercado para las próximas compras de lo ofrecido por la industria militar estadounidense y del caro gas licuado procedente de EEUU, en vez del asequible gas ruso. Estas tendencias, junto con la fusión de la UE y la OTAN hacen que las declaraciones sobre la “autonomía estratégica” parezcan aún más un espectáculo. Todos han entendido ya que la política exterior del “Occidente colectivo” es “teatro de un solo actor” que lleva con determinación a la búsqueda de nuevos teatros de operaciones.

Parte de este gambito geopolítico contra Rusia es la decisión de concederle a Ucrania y Moldavia que, según todo parece indicar, correrá también una suerte lamentable, el estatus de candidato eterno a miembro de la UE. De momento se está anunciando la “comunidad política europea” promovida por el Presidente de Francia, Emmanuel Macron. Allí no habrá especiales ventajas financieras ni económicas, pero estará el requisito de una absoluta solidaridad con la UE en su actuación antirrusa. Es la aplicación del principio “quien no está con nosotros, está contra nosotros”, nada de opciones. El Presidente francés explicó de que “comunidad” se trata: la UE invitará a formar parte de la misma a todos los países “de Islandia a Ucrania”, pero no a Rusia. Tengo que señalar que no necesitamos formar parte de la misma, pero es demostrativa la declaración en sí, por revelar el carácter verdadero de esta iniciativa concebida para enfrentar y separar.

Ucrania, Moldavia y otros países a los que hoy llueven gestos de atención por parte de la UE, habrán de convertirse en figurantes de los juegos de Occidente. EEUU, como productor principal de estos espectáculos elige el acompañamiento musical y el argumento, en base a los cuales Europa redacta guiones antirrusos. Los actores están listos, tienen la costumbre de actuar, la formaron en etapa de cómicos, saben pronunciar textos patéticos nada peor que ya olvidada Greta Thunberg. Si hace falta, tocarán instrumentos musicales. Son buenos actores, recordemos lo bien que interpretó Vladímir Zelenski el papel del demócrata en el partido “Servidor del Pueblo”, del luchador contra la corrupción, contra la discriminación de los rusos, uno que “estaba a favor de todo lo bueno”. Y ahora comparémoslo con su instantáneo cambio en el puesto de Presidente, sistema Stanislavski en acción: prohibición de la lengua, la educación, los medios y la cultura rusos. “Si os identificáis con los rusos, idos, por vuestros hijos y vuestros nietos, a vivir a Rusia”. Un buen consejo. Dijo que los habitantes de Donbás no eran personas, sino “especímenes”. Indicó al respecto del batallón nazi “Azov”: “Son como son. Tenemos a muchos como ellos”. Incluso a la CNN le dio corte de poner esta frase en la entrevista.

Surge esta pregunta: ¿cómo terminarán todas estas historias? Es que en realidad las escenificaciones basadas en la sangre y el dolor de la gente están lejos de entretenimientos, son muestras de la política cínica de la creación de una nueva realidad, en la que tratan de sustituir todos los principios de la Carta de la ONU y todas las normas del derecho internacional por su propio “orden”, basado en sus propias “reglas”, intentando inmortalizar el dominio desapareciendo en los asuntos mundiales.

Para las relaciones internacionales, las consecuencias más devastadoras tuvieron los juegos iniciados por Occidente en la OSCE, al concluirse la Guerra Fría en la que se consideró el ganador. Aunque rompieron rápidamente su promesa a los dirigentes de la URSS y Rusia de no extender la OTAN al este, EE.UU y sus aliados declararon su compromiso a crear un espacio de seguridad y cooperación común en la zona euroatlántica, y en 1999 y después en 2010, junto con todos los miembros de la OSCE, lo firmaron al más alto nivel, asumiendo la responsabilidad política de proporcionar la seguridad igual e indivisible, mientras que nadie incrementaría su seguridad a expensas de otros y ninguna organización no competiría por ser dominante en Europa. Pronto se hizo claro que los de la OTAN no mantuvieron su palabra cuando habían optado por el dominio de la alianza atlántica. Sin embargo, incluso en aquel contexto, seguimos con nuestros esfuerzos diplomáticos y sugerimos que consolidaran el mismo principio de la seguridad igual e indivisible, pero aquella vez, con un tratado jurídicamente vinculante. Se lo sugerimos varias veces, la última vez en diciembre de 2021. Nos respondieron con un rechazo categórico. Nos dijeron directamente: no habría ningunas garantías jurídicas fuera de la OTAN. Es decir, lo que apoyaron los documentos políticos adoptados en las cumbres de la OSCE, resultó ser una escenificación barata. Y ahora la OTAN, capitaneada por EE.UU, ha ido aún más lejos: exige que le obedezcan los países no solo de la zona euroatlántica, sino los de Asia y el Pacífico. No oculta quién es el principal destinatario de sus amenazas, y los dirigentes de China ya han presentado su evaluación de principio de tales ambiciones neocoloniales. Pekín las contrastó con el dicho principio de la seguridad indivisible, abogando por su uso a nivel mundial para que nadie en el mundo no compitiere por su exclusividad. Tal postura coincide en absoluto con la de Rusia. Vamos a defenderla consecuentemente con los aliados, socios estratégicos y muchos otros partidarios.

Sería necesario que el Occidente colectivo regrese del mundo de ilusiones a la Tierra. Por muy largo que continúen sus escenificaciones, éstas no van a funcionar. Es hora de que jueguen limpio, no según las reglas del tramposo, sino las del derecho internacional. Cuanto antes todos se percaten de la falta de alternativas para los procesos históricos objetivos que forman el mundo multipolar, basados en el respeto del principio de la igualdad soberana de todos los países, fundamental para la Carta de la ONU y todo el orden mundial, mejor.

Si los miembros de la alianza occidental no saben vivir según este principio, no están dispuestos a crear una estructura verdaderamente universal de la seguridad y la cooperación iguales, que dejen a todos los restos en paz, que acaben de acorralar forzosamente, amenazando y chantajeando, a los que quieren vivir de su ingenio, que reconozcan en la práctica el derecho a la libre elección de los países autosuficientes que se respeten. Es lo que se llama democracia, la práctica y no la jugada en una escena política poco construida. 

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