“Llevar un poco de nuestros amigos en el cuerpo y en el alma fue un honor”

La tragedia de Los Andes, 50 años después: Páez y Canessa recuerdan el accidente que los dejó varados en la nieve 72 días.

Algunos de los supervivientes del accidente en la cordillera andina, amontonados dentro del fuselaje del avión, la noche antes de su rescate, el 22 de diciembre de 1972.

A veces pasa como en las películas. Después de que su avión se estrellara en medio de las montañas, después de que las autoridades los dieran por muertos y quedaran a su suerte en la oscuridad y la nieve, después de perder a amigos queridos y hacer lo impensable por sobrevivir durante más de dos meses a 25 grados bajo cero, Carlos Páez recuerda, sobre todo, el final. “La llegada de los helicópteros fue la llegada de la libertad”, cuenta. “Creo que veré el final de nuestra película mil veces”.

El 13 de octubre de 1972, un avión de la Fuerza Aérea uruguaya en el que viajaba un equipo de rugby juvenil junto a sus familiares y amigos se estrelló en medio de la cordillera de Los Andes. El piloto había confundido su posición por la poca visibilidad y, pensando que descendía para aterrizar en Santiago, cayó en las montañas de la frontera entre Chile y Argentina. En el Fairchild Hiller FH-227D, una aeronave de fabricación estadounidense con capacidad para 50 personas, viajaban 40 pasajeros y cinco tripulantes. Tras 72 días malviviendo en medio de las montañas, solo sobrevivieron 16 personas.

De los horrores que tuvieron que atravesar los supervivientes se han escrito 26 libros, se han rodado nueve documentales y producido cuatro películas. Carlos Páez (Montevideo, 68 años) salió de la cordillera, es padre y técnico agropecuario. También vivió para contarlo. “En ese momento no peleábamos por llegar a Hollywood o para que nos entrevistaran 50 años después. Yo peleaba por volver a casa con mi mamá y mi papá”, cuenta cuando se cumple medio siglo del accidente , en una videollamada con varios medios internacionales. “Era un chico de 18 años, hijo de un pintor famoso, que con tal de que no lo molestáramos nos daba todo. En ese entonces yo todavía tenía niñera, que fue quien me hizo la valija para el viaje”, recuerda. “Nunca había tenido frío, nunca había tenido hambre, nunca había hecho nada útil. Y me tocó vivir la historia de supervivencia más increíble de todos los tiempos”.

El avión se estrelló al final de la tarde de un viernes en el extremo occidental de Argentina, 150 kilómetros al sur de su destino final: Santiago de Chile. Tres tripulantes y ocho pasajeros murieron en el choque —el avión golpeó las montañas dos veces y perdió las alas y la cola—. A 3.570 metros sobre el nivel del mar, contra la furia gélida del viento y la falta de alimentos, otras 18 personas fallecieron mientras esperaban un rescate que nunca llegó. Ocho días después del accidente, sin encontrar rastro de un avión blanco en la nieve, los operativos de búsqueda fueron cancelados a la espera de que el verano austral derritiera la nieve y se pudieran buscar los cuerpos. “El mensaje más poderoso de nuestra historia es que no nos encontraron, nosotros fuimos a buscar los helicópteros”, cuenta Páez. “Aprendí eso con el tiempo: una cosa es que las cosas pasen y otra es salir a hacer que pasen”.

¡Viven!, la película más popular sobre la tragedia, es para Páez un retrato muy fiel de los días que pasó en la nieve. En el filme de 1993, el actor John Malkovich interpreta a un Páez adulto, narrador de la tragedia que cambió su vida cuando era un adolescente. Sobre la escena final, aquella en la que dos helicópteros llegan hasta los restos del fuselaje donde se refugian los supervivientes y que el Carlos Páez de la vida real tiene grabada a fuego, Malkovich relata la epopeya final de la manera más simple: “Nando y Canessa atravesaron Los Andes y nos salvaron. No hay mucho más que pueda contarles”.

Fernando Nando Parrado y Roberto Canessa salieron a buscar ayuda después de escuchar en un radiotransmisor hallado entre los restos del avión que la operación de rescate había sido cancelada. “Escuchar que te decretan muerto, que ya no estás y que el mundo sigue sin ti, quita el dilema de si esperar el rescate o salir a caminar”, recuerda Canessa, hoy un médico reputado, en otra videoconferencia. “Ninguno quería salir, se fue decantando. Algunos salieron los primeros días y volvieron totalmente congelados. En mi caso, salí porque estaba bien. Me acuerdo que Arturo Nogueira [que murió herido en la montaña] me dijo: ‘qué suerte tenés vos, que tenés las piernas sanas y podés salir a caminar y salvar a los demás’. Eso me dio una inyección de heroísmo, de esperanza. En lugar de morirnos en el fuselaje, que ya nos estaba destruyendo, me dio una oportunidad de aunque sea morir caminando, con alguna posibilidad de llegar”.

El 12 de diciembre, casi dos meses exactos después del accidente, Canessa y Parrado comenzaron a escalar las montañas hacia el oeste. No podían saberlo, pero el pueblo más cercano estaba a menos de 70 kilómetros. Al noveno día de caminata, se encontraron con vacas. Y por la noche vieron al dueño, un arriero chileno llamado Sergio Catalán. “Nos había visto antes, y pensó que estábamos cazando. Como llevábamos barras de metal para trepar, pensó que eran escopetas. Le gritamos, pero no entendía nada”, recuerda Canessa. Los hombres le escribieron una nota y se la lanzaron atada a una roca. “Era la tarde en la montaña y él solo nos decía ‘¡Mañana!, ¡mañana!’ y fue el mañana más maravilloso de nuestras vidas”.

“¿Alguno de ustedes no lo hubiera hecho?”

Tras su rescate, el 22 de diciembre de 1972, la fama golpeó al grupo de supervivientes con proyectos para escribir libros, invitaciones al extranjero para contar lo vivido y para copar portadas de revistas. “A los 18 años es muy agradable ser famoso”, recuerda Páez. Pero su encuentro con la fama también chocó con la maldad. Mientras los jóvenes volvían a Uruguay, un rumor empezó a extenderse por Montevideo: los supervivientes habían asesinado a algunos miembros del grupo cuando empezaron a quedarse sin comida. Algunos decidieron no salir en público y centrarse en el presente. Otros, como Páez y Canessa, decidieron que lo mejor era salir a hablar.

“Esto nos molestó porque no era cierto, y levantó dudas en la mente de las familias de los chicos que murieron”, le dijo Páez a The Washington Post en 1978. “Algunas revistas decían que éramos caníbales, y eso no es cierto porque significa matar a otra persona porque te gusta comer carne humana. No hicimos eso”.

Medio siglo después de la tragedia, con la perspectiva de los años y de miles de conferencias alrededor del mundo, ambos hablan del tema sin tapujos. “Nosotros no hicimos nada para arrepentirnos”, afirma Canessa. “Llevar un poco de nuestros amigos en el cuerpo y en el alma es un honor que yo hubiera sentido si hubiera muerto: que me hubieran usado para vivir”. Páez cuenta cómo aborda el tema en sus conferencias. “Yo suelo hacer la pregunta al revés”, dice. “¿Alguno de ustedes no lo hubiera hecho? Nunca nadie levanta la mano. Es como dice San Francisco de Asís: empieza por hacerlo necesario, luego lo que es posible y te encontrarás viviendo lo imposible. Cuando estás en el proceso de vivir 10 días sin comer absolutamente nada, las cosas se resuelven más fácil. Te digo más: si ahora me cayera en la cordillera de los Andes, yo no espero 10 días para hacerlo”.

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